Codex Calixtinus : Libro Primero - Capítulo XVII (es)

 

                                                                            CAPTULO XVII

 

                                                     SERMÓN DEL SANTO PAPA CALIXTO

         EN LA SOLEMNIDAD DE LA ELECCIÓN Y DE LA TRASLACIÓN DE SANTIAGO APÓSTOL,

                                           QUE SE CELEBRA EL DÍA  30 DE DICIEMBRE

 

  El día venerando de la festividad de Santiago Apóstol, hermanos, hoy ha amanecido para el mundo: saltemos de gozo y alegrémonos de él. Este día es más célebre que otros muchos, más esclarecido, más ilustre, más digno que los demás días, más santo que otros; en él, pues, Santiago Apóstol, patrono de Galicia, alegró los cielos con su entrada espiritual felizmente, adornó a los españoles y especialmente a los gallegos con su presencia corporal y los enriqueció prodigando sus milagros. Los cielos en este día para siempre dotó, el que las tierras con su fe enriqueció. Por ello se alegra en los cielos el cortejo de los ángeles y aquí en la tierra se alegra la santa Madre Iglesia. Doble solemnidad se celebra hoy por los fieles: la de la elección del mismo Santiago, cómo en las orillas del mar de Galilea fue elegido por el Señor en el número de los apóstoles, juntamente con Juan, Pedro y Andrés, y la de la traslación del mismo; esto es: de qué modo su preciosísimo cuerpo fue trasladado de Jerusalén a la ciudad de Compostela. Aquí tenemos las venerables fiestas apostólicas, sacrosantas, que deben ser celebradas por todos, a las que todo el mundo debe rendir culto, en las cuales se dan por Dios a los justos premios celestiales; a los pecadores se les promete la salud eterna. Cómo en este día el venerable apóstol Santiago fue elegido, lo relatan los libros evangélicos; entre ellos, San Mateo dice así: "Caminando Jesús, junto al mar de Galilea, vio a los dos hermanos Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, en la nave reparando as redes en compañía de su padre y los llamó. Ellos, pues, inmediatamente, dejando las redes y a su padre le siguieron". De esta misma elección otra vez hace mención San Pablo diciendo: "Dios elige a los que, según el mundo, son necios, para confundir a los sabios. Y Dios elige a los débiles, según el mundo, para confundir a los fuertes. Y a los bajos y miserables eligió el Señor y a los que no son nada para confundir a los que son: para que la carne de ningún modo se gloríe ante él". También Sedulio, esclarecido poeta, considerando esta elección de Santiago, cantó así con pluma fiel para alabanza de Cristo:

 

  Toma en seguida entre los pescadores discípulos aptos

  Para pescar a las almas humanas que en pos de los goces

  Frívolos corren del mundo, y se lanzan cual las azuladas

  Olas a ciegas nadando a través del abismo inseguro.

  A estos discípulos El les infunde una vida más alta,

  Sin que la gloria de hablar flatulento ni sangre soberbia

  Dde una vana nobleza los nutran, sino que callada

  Fama y un halo de luz que humildemente refulge,

  Puedan hacerlos del pueblo los más cercanos al cielo.

  Dios poderoso eligió a los simples y bajos del mundo

  Quebrantando a los fuertes y confundiendo a los sabios.

 

  ¿De qué modo se hizo la traslación del mismo Apóstol?. Por boca de muchos fieles se viene asegurando, que el venerable cuerpo entero, que había sido degollado por Herodes, acompañándolo un ángel por el mar fue trasladado en una navecilla por sus discípulos de Jerusalén a Galicia entre grandes manifestaciones milagrosas. La cual Galicia y España, debido a la traslación del mismo, por la predicación de los discípulos apostólicos, regenerados por la gracia del bautismo, ha obtenido el reino de los cielos. Sobre esta venerada traslación séanos permitido decir lo que en otro tiempo dijo el Sabio: "El que agradando a Dios se hizo digno de su amor y en vida fue trasladado de entre los pecadores". Otra vez en este día, para gloria del Apóstol, la Iglesia militante suele cantar alegremente diciendo así: Santiago plugo a Dios y fue trasladado al Paraíso, para perdonar los pecados a los pueblos.

                                                                                     * * *

 

  Mas lo que podemos comprender en su traslación y en su elección, vamos a meditarlo. Por cierto, en su elección se nos muestra el abandono de las culpas y la perseverancia en las buenas obras en cuanto al orden moral; en su traslación se nos prefigura el descanso eterno. Así, pues, el Santo Apóstol el día en que fue elegido deja no sólo la barca, a su padre y a su madre y sus propios bienes, sino también el conjunto vicioso de su vida anterior por el amor divino; de ahí su perseverancia en las obras buenas; así también nosotros debemos desmoronar el cúmulo de nuestros vicios y perseverar en las obras buenas. Por tanto, pues, le ordenó Dios abandonar todo, porque no quiere que los que le sirven se preocupen de los bienes terrenos, estando sólo atentos a los bienes celestiales. Pues, como dice el Apóstol, ninguno que siga las milicias de Dios, debe entrometerse en los negocios el siglo, para agradar al que le eligió.

 

 Por la barca, que en medio de las olas del mar, al llamamiento del Señor, abandonó Santiago, se figura de un modo típico la sinagoga de los judíos, la cual se balanceaba entre los preceptos peligrosos, como la barca entre las olas del mar; y a ésta el género humano, ante la predicación evangélica, postergó, como hizo Santiago con su navecita y entró en la Iglesia Católica. Por las redes podemos entender la Ley antigua de circuncisión y sacrificio, en la que el pueblo judío, como una multitud de peces, estaba encerrado y como prisionero, la cual la Iglesia de los fieles cristianos abandonó, porque recibió la gracia del bautismo nuevo, como Santiago abandonó las redes.

 

  Pero el Zebedeo, padre de Santiago, cuyo nombre quiere decir; diablo fugitivo y que abandona, se significa el mismo demonio, que abandonando a Dios se fue al infierno, del cual renegó el género humano, siguiendo los preceptos de Cristo, como Santiago abandonó a su padre y subió a la sede, de donde aquél había caído. Por último, en la traslación de Santiago se significa el descanso eterno, porque del mismo modo que el cuerpo del Apóstol se traslada para su veneración desde el lugar del martirio al lugar del sepulcro y su alma es llevada por los ángeles al descanso eterno; así nosotros, desde los sufrimientos de una vida virtuosa, por medio de la perseverancia en las buenas obras, subiremos indudablemente al descanso eterno del Paraíso. Pues a no ser por las asperezas de la vida presente, nadie pretenda llegar a la gloria perenne; el Señor lo patentiza cuando dice: "Venid a mí todos los que estáis cansados y cargados y encontraréis el descanso para vuestras almas". Y en el libro de la Sabiduría: "Dará Dios el premio de los trabajos de sus Santos". Y el Apóstol: "Es preciso entrar por muchas tribulaciones en el Reino de Dios". Así el Santo Apóstol fue elegido en tal día, para arrancar al mundo con su predicación de las fauces del demonio; fue trasladado, para favorecer con su patrocinio no solamente a los gallegos, sino también a todos los que visiten el santo sepulcro, para enriquecerlos con sus beneficios, para iluminarlos con innumerables milagros y para preparar asiento consigo en la patria celestial a los que le amen con todo el corazón. En la estación en que la helada semeja al cristal y la nieve como harina se siembra sobre el campo y los hombres todos se encogen por la acción del frío, se celebra la fiesta de la traslación de Santiago. Y en la estación en que se recoge el fruto de la tierra y los hórreos se llenan de granos vitales, se celebra su martirio. He aquí su significado: la época oportuna en la que se celebra la pasión de Santiago significa la vida presente a propósito para hacer el bien; y la época en que se celebran su elección venerable y su traslado y en la que todo el género humano es atormentado por la violencia el frío, significa la vida futura en la que nada es dado hacer. Por tanto, el que en esta vida no realiza el bien del alma, en la futura tendrá que mendigar de un modo especial.

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Mas no debemos pasar en silencio; es más, debemos narrar y corregir las invenciones apócrifas que muchos insensatos y otros que torpemente cayeron en la herejía, de nuestro Santiago y de su traslación se han atrevido a inventar y, aun lo que es peor, que han consignado por escrito. Unos creen que era hijo de la madre del Señor, lo cual es abominable, porque en el Evangelio y en la Epístola a los Gálatas, saben, que se le llama hermano del Señor. Otros dicen que él mismo, sentado sobre un pedrusco, vino desde Jerusalén a Galicia por en medio de las olas del mar, cumpliendo el mandato del Señor, sin barca alguna, y que un pedazo de este peñasco quedó en Jafa. Otros dicen que el mismo pedrusco lo trajeron en la nave con el cuerpo muerto. Pero yo he comprobado por mí mismo que una y otra fábula son embusteras. Pues yo he visto por mis propios ojos que se trataba de un peñasco originario de Galicia. No obstante, hay dos motivos de que debidamente haya de venerarse el antedicho peñasco; uno, porque es tradición de que en el tiempo de la traslación, al desembarcar los discípulos en el puerto de Iria el cuerpo del Apóstol lo colocaron sobre él. Otro motivo, que sin duda es mayor, porque en él se celebró devotamente el sacrificio de la Eucaristía.

 

  Otros dicen que el Apóstol echó una maldición a la tierra de Galicia de que no diera más vino en adelante, porque una matrona llamada Compostela, según cuentan, embriagada con vino, se durmió y no anunció al Señor, que visitó la Basílica, mientras él dormía en su regazo.Pues le había encargado el Apóstol, según cuentan, que le avisase cuando el Señor viniese. Otros también dicen que el Señor, al aparecérsele, sostenía en sus manos una vara con la corteza mondada y que le prometió que así como aquella vara estaba limpia de cáscara, así los fieles que se dirigiesen al santuario quedarían limpios de los pecados. Cuyo error fácilmente se refuta. Pues si el pecador se limpia, como la vara, no queda bien purificado. Porque la vara no se limpia interiormente, sino exteriormente; en cambio, el pecador interior y exteriormente; esto es: en el alma y en el cuerpo debe ser purificado.

 

  Otros dicen que los ángeles hablaron abiertamente en la Basílica del Apóstol y que cantaron en presencia de todos los fieles en otro tiempo. Otros suenan que los ángeles por los aires trajeron su cuerpo de Jerusalén a Galicia sin aportación humana. Otros, igualmente, charlan que el mismo cuerpo fue traído en una nave de cristal de Jerusalén a Galicia, navegando los tripulantes sobre las olas del mar. Los sueños y fábulas de todos estos y de los que a ellos se parezcan los calificamos de apócrifos, los rechazamos de plano y del todo los destruimos de raíz, y llega nuestro furor a su colmo prohibiendo bajo anatema que nadie se atreva a escribir algo acerca de él, a no ser lo auténtico, que se contiene en el códice llamado Jacobeo. Pues éste contiene lo necesario para leer, o cantar en las fiestas de Santiago, lo cual está sacado de libros auténticos, como consta en él. Los milagros, sin embargo, que el mismo Santo haya de realizar en adelante, que tengan la comprobación de dos o tres testigos, permitimos que se escriban para edificación de los fieles. Pues nos, que rechazamos los anteriores errores, y que acatamos católicamente los testimonios acerca del Santo y que estamos investigando sus gloriosas gestas, nos alegramos en la tierra de quien los ángeles se alegran en la patria celestial.

 

  Los corazones de muchos se entusiasman con las alabanzas de los hombres, mas a mí séame permitido hablar de los justos. Pues la inclinación natural nos mueve a escribir en un libro la obra de virtud del vencedor; por doble razón: una, porque es natural ensalzar las glorias de los hombres grandes, pues el que calla lo bueno en cierto modo es autor de difamación. Otra causa me mueve, pues el que lee sus hechos, encendido en su amor aspira a cosas mejores; pues dice el Salmista: "Alabad al Señor en sus santos". Pues si se nos manda alabar al Señor en sus santos, mucho más debemos venerar dignamente a Santiago, quien vio al Hijo de Dios en forma humana transfigurarse en la majestad del padre en el monte Tabor, al que ni Moisés en el monte Sinaí, ni Abraham en las faldas del Mambre, ni Jacob en el monte Bethel, ni cualquiera de los demás santos pudieron ver en otro tiempo en su plena majestad. Este es, pues, aquel justo que anda en la eterna memoria de los ángeles y de los hombres, como dice el Salmista: "En la memoria eterna estará el justo". La eterna memoria se llama la felicidad del reino de los cielos, en la cual el justo que ha obrado bien es alabado sin meta por los ángeles. Con razón Santiago anda dignamente en la memoria de los ángeles y de los hombres, porque ha pasado a ser la alegría de los pueblos, porque en esta peregrinación sólo estando en cuerpo, en su pensamiento y anhelos mora en la eterna patria. Libre de las ligaduras de la carne, devolvió doblado al alto Rey el talento, que el Señor le había dado. Por lo cual con justísima razón le será dicho en el día de la recompensa: "Alégrate siervo bueno y fiel, puesto que has sido fiel en las cosas pequeñas, te pondré al frente de cosas mayores; entra en el gozo de tu Señor".

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Por lo cual, para gloria de Santiago podemos aplicarle lo que se dijo por el Sabio: "El justo germinará como lirio y florecerá eternamente ante el Señor". El lirio muere en sus hojas en el invierno y produce blancas y hermosas flores con agradable olor en el verano. Por el lirio que muere en el invierno y en el verano da blancas flores oloríferas se representa a Santiago, el cual, así como en la estación del invierno sufre en este mundo las aflicciones de su martirio, en la alegría estival, esto es, en la frondosidad del Paraíso eternamente florece ante Dios con los méritos de sus buenas obras. Olor agradable emite el lirio; porque Santiago, como dice San Pablo, fue el buen olor de Cristo en todo lugar, predicando, orando, obrando bien, dando a todos ejemplo de todas las virtudes. El lirio muere por las hojas, pero retoña de las raíces como Santiago mortificó a su hombre exterior, con sus muchos trabajos, pero vivificó a su hombres interior, aumentado sus virtudes. Las virtudes medicinales del lirio así las describe Dioscórides, maestro de Medicina: El lirio es muy conocido por los médicos; pues sus propiedades pueden ablandar la dureza de los nervios, sus hojas cocidas causan alivio poniéndolas sobre las quemaduras y curan las mordeduras de serpiente. Su jugo mezclado con miel y cocido en vasija nueva, sana las viejas heridas. También la raíz asada y pulverizada mezclada con aceite es buena para las quemaduras y ablanda la matriz y favorece la purgación menstrual. Su semilla, dada en bebida, provoca la menstruación, acelera el parto y es útil contra la mordedura de serpiente. La flor del lirio es útil contra toda dureza de la matriz. Las propiedades del lirio, se dice que ablandan las durezas de los nervios corporales; así, Santiago, lleno de la fortaleza del Espíritu Santo, por medio de las absoluciones consta que hizo que se relajasen los fuertes pecados de las almas y los duros vínculos de los vicios. Las hojas del lirio cocidas benefician las partes atacadas por el fuego, porque las obras buenas de Santiago y sus divinas palabras, aprovechan, aún, al género humano abrasado en las llamas del vicio. Las hojas del lirio cocidas benefician las partes atacadas por el fuego, porque las obras buenas de Santiago y sus divinas palabras, aprovechan, aún al género humano abrasado en las llamas del vicio. Las hojas del lirio curan las mordeduras de serpiente en los cuerpos; así, Santiago, con sus predicaciones y absoluciones, curó las asechanzas del demonio en las almas de los pecadores. Así como la serpiente con el veneno de su aguijón pica en la carne del hombre, el demonio ataca a la mente con sus malvadas sugestiones. El jugo del lirio cura las inveteradas heridas; pues el mismo Santiago cura los errores de la Antigua Ley y las pútridas heridas de los pecados, por su predicación meliflua y por la absolución divina. La raíz del lirio asada y mezclada con aceite es conveniente para as quemaduras, y favorece la purgación menstrual; pues la fe apostólica, mezclada con el fuego del Espíritu Santo y con el aceite de la misericordia y de la piedad e infundida en el alma por la predicación divina sirve de alivio al género humano abrasado por las llamas de los vicios; y por el agua del bautismo le causa la limpieza de sus delitos. El hecho de que la semilla del lirio dada en una bebida provoca la menstruación y cura la mordedura de serpiente, tiene el mismo significado que la raíz y la flor. El hecho de que acelera el parto, significa la castidad virginal de la bienaventurada (Virgen) María, que debe ser creída de los fieles. Por lo cual ya un sabio en alabanza de la misma Virgen muy acertadamente cantó; "El lirio de la castidad floreció porque el Hijo de Dios apareció". Por lo tanto, Santiago fue el lirio y la hermosura del mundo, porque brotó viviendo santamente, predicando, haciendo milagros con virtud divina, sufriendo distintos padecimientos en este mundo y floreció con los laureles de la divina recompensa para siempre ante el Señor.

 

  También de él podría entenderse lo que el divino poeta cantó en otro tiempo, diciendo: "El justo florecerá como la palmera, y como el cedro del Líbano se multiplicará". La palmera es el mejor de los árboles, tiene raíz áspera en la tierra, crece enormemente hacia lo alto; en la copa produce un fruto redondo a modo de queso agradable al paladar, de donde brotan las palmas y espigas que traen en sus manos los peregrinos que regresan de Jerusalén para mostrar que son vencedores de los vicios en la tierra, llevó una vida dura en medio de grandes sufrimientos. Por el hecho de que se eleva a gran altura desde la tierra a los aires, también representa al mismo, pues subió de virtud en virtud, o sea de la fe a la esperanza cierta, de la esperanza a la doble caridad, de la caridad a la perseverancia en las buenas obras y de la perseverancia a las alturas del Paraíso. El que en la copa produce un manjar agradable de donde surgen las palmas, significa la esperanza en los bienes celestiales futuros, por la cual Santiago, entregando su cuerpo venerable a los diversos suplicios del martirio, vencidos los enemigos de la fe, con la palma de la victoria no sólo traspasó las alturas de los aires, sino que penetró en las alturas de los cielos enarbolando los ramos y espigas de las virtudes celestes.

 

  Es costumbre que el ejército, que vuelve del campo de batalla, vencidos sus enemigos, enarbole en sus manos la palma, glorificando por en medio de la ciudad al Criador que le dio la victoria; así el coro de los santos que ha vencido los vicios y a los enemigos de la fe, ora derramando su sangre, ora ostentando sus buenas obras, es natural que se dirija con la palma vencedora a la corte celestial. Y entre éstos está Santiago, quien después de la victoria sobre Herodes penetró en los cielos. Los niños hebreos salieron en Jerusalén al encuentro del Señor con palmas; así los santos pasaron de los vicios a las virtudes viviendo santamente, y después de la vida presente salieron al encuentro del Señor en la celestial Jerusalén.

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  Goza, pues, ahora felizmente Santiago, el Mayor, en la gloria y gracias a su excelsa virtud brilla España, y especialmente Galicia, como la luna brilla por el sol. Se alegra en el cielo, pues sus iglesias florecen en el mundo. El no sólo predicó en Judea y Samaria, sino que vino a honrar a España y a Galicia; y a estas gentes, antes impías, con su virtud las transformó en Iglesia de Cristo.

 

  Pues la sagrada virtud del Apóstol trasladada desde la región de Jerusalén brilla en Galicia con los milagros divinos. Pues junto a su basílica con frecuencia hace Dios milagros por su mediación. Vienen los enfermos y son curados, los ciegos ven la luz, los tullidos se levantan, los mudos hablan, los endemoniados se libran de la posesión del diablo, los tristes son consolados y, lo que aún es mayor portento, son oídas las oraciones de los fieles, y allí se dejan las cargas pesadas de los delitos y se rompen las cadenas de los pecados.

 

  ¡Oh, con cuánta santidad y gracia brillará Santiago en los cielos, dado que por la virtud divina hace tantos milagros en la tierra!. Pues, así como la altitud de los cielos y la profundidad del mar no pueden ser exploradas, ni medidas, así la magnitud de sus milagros y virtudes nadie podría tan siquiera enumerarla. Allí, pues, los coros de los ángeles descendiendo con frecuencia reciben las súplicas de los humildes y las llevan al cielo hasta los oídos del Rey supremo. A este lugar vienen los pueblos bárbaros y los que habitan en todos los climas del orbe, a saber: francos, normandos, escoceses, irlandeses, los galos, los teutones, los iberos, los gascones, los bávaros, los impíos navarros, los vascos, los godos, los provenzales, los garascos, los loreneses, los gautos, los ingleses, los bretones, los de Cornualles, los flamencos, los frisones, los alóbroges, los italianos, los de Apulia, los poitevinos, los aquitanos, los griegos, los armenios, los dacios, los noruegos, los rusos, los joriantos, los nubios, los partos, los rumanos, los gálatas, los efesios, los medos, los toscanos, los calabreses, los sajones, los sicilianos, los de Asia, los del Ponto, los de Bitinia, los indios, los cretenses, los de Jerusalén, los de Antioquia, los galileos, los de Sardes, los de Chipre, los húngaros, los búlgaros, los eslavones, los africanos, los persas, los alejandrinos, los egipcios, los sirios, los árabes, los colosenses, los moros, los etíopes, los filipenses, los capadocios, los corintios, los elamitas, los de Mesopotamia, los libios, los de Cirene, los de Panfilia, los de Cilicia, los judíos y las demás gentes innumerables de todas las lenguas, tribus y naciones vienen junto a él en caravana y falanges,. Cumpliendo sus votos en acción de gracias para con el Señor y llevando el premio de las alabanzas. Causa alegría y admiración contemplar los coros de peregrinos al pie del altar venerable de Santiago en perpetua vigilancia; los teutones a un lado, los francos a otro, los italianos a otro; están en grupos, tienen cirios ardiendo en sus manos; por ello toda la iglesia se ilumina como con el sol en un día claro. Cada uno con sus compatriotas cumple individualmente con maestría las guardias. Unos tocan cítaras, otros liras, otros tímpanos, otros flautas, caramillos, trompetas, arpas, violines, ruedas británicas o galas, otros cantando con cítaras, otros cantando acompañados de diversos instrumentos, pasan la noche en vela; otros lloran sus pecados, otros leen los salmos, otros dan limosna a los ciegos. Allí pueden oírse diversidad de lenguas, diversas voces en idiomas bárbaros; conversaciones y cantilenas en teutón, inglés, griego y en los idiomas de otras tribus y gentes diversas de todos los climas del mundo. No existen palabras ni lenguaje en los que no resuenen sus voces. Estas vigilias cuidadosamente se celebran allí; unos vienen, otros se retiran y ofrecen en su variedad diversos dones. Si alguno se acerca triste, se retira alegre. Allí se celebra continua solemnidad, la festividad se prepara cuidadosamente, a la esclarecida celebridad se le rinde culto de día y de noche, alabanzas y gozos, alegría y contento, en común, se cantan. Todos los días y noches como en ininterrumpida solemnidad, en continuo alborozo, se celebran los cultos para gloria del Señor y del Apóstol. Las puertas e esta basílica nunca se cierran, ni de día ni de noche; ni en modo alguno la oscuridad de la noche tiene lugar en ella; pues con la luz espléndida de las velas y cirios, brillas como el mediodía.

 

  Allá se dirigen los pobres, los ricos, los criminales, los pudientes, los nobles, los héroes, los próceres, los obispos, los abades, unos descalzos, otros sin recursos, otros cargados con hierro por motivos de penitencia. Algunos como los griegos llevan cruces en sus manos, otros distribuyen sus bienes entre los pobres, otros traen en sus manos hierro o plomo para la obra de la basílica del Apóstol, unos traen las cadenas y las esposas de hierro sobre sus hombros, de las cuales se han librado por la intercesión del Apóstol y de las prisiones de los tiranos, haciendo penitencia, llorando sus delitos. Este es el linaje escogido, la nación santa, el pueblo de Dios, la flor de las naciones, el fruto de la obra apostólica, el efecto de la nueva gracia, la cosecha de la iglesia, madre de los penitentes, fruto ofrecido a Dios por el Apóstol en la sede celeste. Y que este fruto del Santo Apóstol permanece en los reinos del cielo, lo atestigua el Señor, quien en otro tiempo lo prometió diciendo; "Y vuestro fruto permanezca". Esto es, como si les dijese a los Apóstoles; El fruto de vuestra adquisición permanezca en el cielo. Pues se cree que el que va para orar con dignidad y pureza al venerable altar del Apóstol, que se encuentra en Galicia, si está verdaderamente arrepentido, consigue del Apóstol la absolución de sus delitos y el perdón de Dios. Pues aquel don y aquella potestad que le dio el Señor antes de su pasión, no se la quitó después de su muerte. Pues se le concedió por el Señor que a quienes perdonare sus pecados les sean perdonados totalmente. Porque le dijo el Señor a él y a los demás Apóstoles: "A quienes perdonareis los pecados les serán perdonados". Consta, pues, que a los que el ínclito Santiago Apóstol perdonare los pecados, les serán perdonados por el Señor.

 

  ¡Oh, cuán bienaventurados son los que tienen ante Dios tal intercesor y tal valedor!. ¿Por qué tardas en ir, amador de Santiago, al lugar en donde no sólo se reúnen todas las tribus y lenguas, sino también los coros angélicos, y se perdonan los pecados de los hombres?. Nadie hay que pueda narrar los beneficios que el Santo Apóstol concede a los que le piden de todo corazón. Pues han ido allá muchos pobres, que después han sido felices; muchos débiles, después sanos; muchos enemistados, luego en paz; muchos crueles, después piadosos; muchos lujuriosos, después castos; muchos seglares, más tarde monjes; muchos avaros, luego espléndidos; muchos usureros, después dadivosos; muchos soberbios, después humildes; muchos mentirosos, luego sinceros; muchos despojadores de lo ajeno, que luego dieron hasta sus vestidos a los pobres; muchos perjuros, después leales; muchos que formaron juicios falsos, que luego proclamaron la verdad; muchas estériles, las cuales después fueron madres; muchos perversos, después justos, por la gracia de Dios. He aquí que la santa ciudad de Compostela ha venido a ser por la intercesión del Santo Apóstol la salud de los fieles, la fortaleza de los que a ella vienen. ¡Oh con cuánto respeto se ha de dar culto y reverenciar aquel santo lugar, en el que se cuentan muchos milagros acaecidos y en el que se guardan los sagrados miembros del Apóstol, que estuvieron en contacto con el mismo Dios, cuando estaba presente en carne humana!. Brilla el gran Apóstol en Galicia con milagros divinos; mas también brilla en otros lugares, si la fe de sus devotos lo reclama; pues hace en toda la tierra prodigios grandes e inefables, no sólo oculta, sino manifiestamente. A los enfermos da la salud; a los presos, la libertad; a las estériles, la fecundidad de sus hijos; a las parturientas, el feliz alumbramiento; a los que zozobran en el mar, el puerto saludable; a los peregrinos, el regreso a su patria; a los necesitados, el alimento; a los moribundos, muchas veces, la vuelta a la vida; a todos los afligidos, alivio; suelta y rompe las cadenas, abre pronto las cárceles; regula el exceso de lluvias, serena el ambiente, refrena los vientos de las tormentas; los incendios del fuego devastador, por las oraciones de los hombres los extingue; impide que los ladrones maléficos y que los pérfidos gentiles dañen a los pueblos cristianos, como desearían; aplaca la ira y la venganza, da la tranquilidad. A todo el que le pide da el deseado auxilio, conforme a la ordenación de Dios, hasta a los gentiles, si le invocan fielmente. Con razón, pues, a este Santiago se le llama el Mayor, pues grandes favores acostumbra a hacer en todas partes y a cualquiera.

 

  De lo cual surge una cuestión: ¿cómo hace milagros en los lugares, en donde no está sepultado, como en Galicia, en donde está su cuerpo?. Pues si tenemos un criterio discreto, se verá pronto. Porque en todas partes está presente para ayudar en el acto a los que están en peligro, o atribulados, que le invocan: así en el mar como en la tierra. Así, pues, se lee de la presencia de los santos mártires: En el lugar en que yacen los santos mártires sus cuerpos, no cabe la menor duda que pueden hacer muchos prodigios en realidad los hacen; y a los que vienen con corazón puro les es dado apreciar verdaderos milagros. Mas como por aquellos que aún vacilan en sus creencias pudiera ponerse en duda, si están o no presentes para escucharnos en donde sabemos que no están en sus cuerpos, es preciso que muestren más señales milagrosas en los lugares en que algunos vacilantes (en sus creencias) pudieran poner en duda su presencia. Mas la fe de aquellos cuyo corazón está puesto en Dios tiene tanto más mérito; pues no ignoran que no están en presencia corporal (en sus cuerpos), y sin embargo, que no dejan de oírnos. Por lo cual la Verdad dice de sí mismo, para confirmar la fe de sus discípulos: "Si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros", y constando que el Paráclito Espíritu Santo siempre procede del Padre y del Hijo, ¿cómo dice que el Hijo se ausenta, para que venga el que nunca se aparta del Hijo?. Mas como los discípulos, mirando al Señor, sabían que lo veían con los ojos corporales, por eso se les dice: "Si no me marcho, el Paráclito no vendrá". Esto es como si les dijera: si no oculto mi cuerpo, no os enseño lo que es el amor del Espíritu. Y si no dejáis de verme corporalmente, nunca aprenderéis a amarme espiritualmente.

 

  Entre los occidentales se halla, pues, Santiago en presencia corporal; mas es también la alegría de los orientales por sus divinos milagros:

 

  Quienes como faro elevado, su luz extiende a los indos,

  A quien hispanos, moros, persas, britanos aman.

  Con el que cuenta el Oriente, el Ocaso, el África, el Norte,

  Al que celebra el mundo, al que veneran todos.

  Y el que corrió por las aguas del mar siguiendo la orilla,

  Y a donde nadie llegó pudo llegar su virtud.

 

 Todos, pues han de venerar a Santiago en todas partes, el cual socorre sin demora en todos los lugares a los que a él acuden. Pero, puesto que hemos tratado más arriba de las diversas gentes que a él vienen y de los dones a ellas concedidos por el Señor, ahora vamos a tratar del camino de los peregrinos.

                                                                                 * * *

 

  El camino de peregrinación es cosa muy buena, pero es estrecho. Pues es estrecho el camino que conduce al hombre de la vida; en cambio, ancho y espacioso el que conduce a la muerte. El camino de peregrinación es para los buenos; carencia de vicios, mortificación del cuerpo, aumento de los virtudes, perdón de los pecados, penitencia de los penitentes, camino de los justos, amor de los santos, fe en la resurrección y premio de los bienaventurados, alejamiento el infierno, protección de los cielos. Aleja de los suculentos manjares, hace desaparecer la voraz obesidad, refrena la voluptuosidad, contiene los apetitos de la carne que luchan contra la fortaleza del alma, purifica el espíritu, invita al hombre a la vida contemplativa, humilla a los altos, enaltece a los humildes, ama la pobreza; odia el censo de aquel a quien domina la avaricia; en cambio del que lo distribuye entre los pobres, lo ama; premia a los austeros y que obran bien; en cambio, a los avaros y pecadores no los arranca de las garras del pecado.

 

  No sin razón los que vienen a visitar los santos reciben en la iglesia el báculo y el morral bendito. Pues cuando los enviamos con motivo de hacer penitencia al santuario de los santos, les damos un morral bendito, según el rito eclesiástico, diciéndoles: En nombre de nuestro Señor Jesucristo, recibe este morral hábito de tu peregrinación, para que castigado y enmendado te apresures en llegar a los pies de Santiago, a donde ansías llegar, y para que después de haber hecho el viaje vuelvas al lado nuestro con gozo, con la ayuda de Dios, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

 

  También, cuando le damos el báculo, así decimos: Recibe este báculo que sea como sustento de la marcha y del trabajo, para el camino de tu peregrinación, para que puedas vencer las catervas del enemigo y llegar seguro a los pies de Santiago, y después de hecho el viaje, volver junto a nos con alegría, con la anuencia del mismo Dios, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

 

  Por el morral, que los italianos llaman escarcela, los provenzales espuerta, los galos isquirpa, se designa la esplendidez en las limosnas y la mortificación de la carne. El morral es un saquito estrecho, hecho de la piel de una bestia muerta, siempre abierto por la boca , no atado con ligaduras. El hecho de que el morral sea un saquito estrecho significa que el peregrino, confiado en el Señor, debe llevar consigo una pequeña y módica despensa. El que sea del cuero de una bestia muerta significa que el peregrino debe mortificar su carne con los vicios y concupiscencias, con hambre y sed, con muchos ayunos, con frío y desnudez, con penalidades y trabajos. El hecho de que no tenga ataduras, sino que esté abierto por la boca siempre, significa que el mismo (el peregrino) debe antes repartir sus propiedades con los pobres y por ello debe estar preparado para recibir y para dar.

 

  Por el báculo, puesto que el suplicante lo recibe como un tercer pie para sostenerse, se simboliza la fe en la Santísima Trinidad, en la cual debe perseverar. El báculo es la defensa del hombre contra los lobos y los perros. El perro suele ladrar al hombre y el lobo acostumbra a devorar las ovejas. Por el perro y el lobo se designa el diablo tentador del género humano. El demonio ladra al hombre, cuando provoca su mente a pecar con el ladrido de sus sugestiones. Muerde como el lobo, cuando impulsa sus miembros hacia el pecado y por la costumbre de vivir en la culpa devora su alma entre sus hambrientas fauces. Por tanto, debemos encarecer al peregrino, cuando le damos el báculo, que lave sus culpas por la confesión y fortalezca su corazón y sus miembros frecuentemente con la enseña de la Santísima Trinidad contra las ilusiones y fantasmas diabólicos.

 

  Por lo mismo los peregrinos que vienen de Jerusalén traen las palmas, así los que regresan del santuario de Santiago traen las conchas. Pues bien, la palma significa el triunfo, la concha significa las obras buenas. Así como los vencedores al volver de la batalla solían en otro tiempo agitar las palmas en sus manos, mostrando que habían triunfado, así los peregrinos que vienen de Jerusalén traen las palmas, mostrando que han mortificado sus vicios. Pues los que se embriagan, los deshonestos, los avaros, los ambiciosos, los litigiosos, los usureros, los lujuriosos, los adúlteros o los demás vicios, puesto que aún están en la guerra de los vicios, no deben traer la palma, sino los que vencieron completamente los vicios y se unieron a las virtudes. Pues hay unos mariscos en el mar próximo a Santiago, a los que el vulgo llama vieiras, que tienen dos corazas, una por cada lado, entre las cuales, como entre dos tejuelas, se oculta un molusco parecido a una ostra. Tales conchas están labradas como los dedos de la mano y las llaman los provenzales nídulas y los franceses crusillas, y al regresar los peregrinos del santuario de Santiago las prenden en las capas para gloria del Apóstol, y en recuerdo de él y señal de tan largo viaje, las traen a su morada con gran regocijo. La especie de corazas con que el marisco se defiende, significan los dos preceptos de la caridad, con que quien debidamente los lleva debe defenderse, esto es: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo.

 

  Ama a Dios el que guarda sus mandamientos. Ama al prójimo como a sí mismo el que no hace a otro lo que no quiere para sí, y lo que quiere para sí hace a los demás. Las conchas, acomodadas a manera de dedos, significan las obras buenas, en las cuales el que dignamente las lleva debe perseverar, y bellamente por los dedos se simbolizan las obras buenas: de ellos nos valemos cuando hacemos algo. Por tanto, como el peregrino lleva la concha, así mientras esté en el camino de la vida presente debe llevar el yugo del Señor, esto es: debe someterse a sus mandamientos.

 

  Y en verdad es digno y justo que persevere en las buenas obras el que buscó a tan gran Apóstol en tan remotas tierras y a tan gran varón con trabajos y miserias, para en la proporción recibir con él la corona en la patria celestial.

 

  Si fue ratero o ladrón, se haga pródigo en las limosnas; si pródigo, modesto; si avaro, espléndido; si deshonesto o adúltero, casto; si bebedor, sobrio. Del mismo modo, de todo vicio de que anteriormente se le tachara, en adelante se contenga. ¡Oh peregrino de Santiago!. No mientas jamás con la boca que ha besado su altar. Con los pies con los cuales tantos pasos anduviste por él, no camines jamás hacia las malas obras. Si todo tu cuerpo le encomendaste para que lo custodiara, por lo mismo guárdale todos tus miembros. Si como oveja fiel estás a él encomendada, no te extravíes por las zarzas de los vicios. Lo que a él le diste, no se lo des al lobo. No quieras servir al diablo, pues tienes derecho y deber de servir a Dios y al Apóstol. Si quieres tener un patrono poderoso, protector y ayuda, sé amante de Santiago. Pues muchos son testigos de haber experimentado su ayuda en muchos contratiempos.

                                                                                       * * *

 

  Cómo se deriva el camino de la peregrinación de los Padres antiguos y cómo debe andarse, vamos a exponerlo. Toma el principio en Adán; continúa por Abraham, Jacob y los hijos de Israel hasta Cristo, y se completa en Cristo y en los apóstoles. Adán es considerado como el primer peregrino, pues por haber traspasado el precepto de Dios tiene que salir del Paraíso y es lanzado como al destierro de este mundo, y por la sangre de Cristo y su gracia es salvado. Del mismo modo, el peregrino, alejándose de su domicilio, es enviado a la peregrinación por un sacerdote, en pena de sus pecados, como a un destierro, y por la gracia de Cristo, si se confiesa bien y termina su vida abrazando la penitencia, se salva.

 

  El Patriarca Abraham fue peregrino, pues de su patria marchó a otro país, por haberle dicho el Señor: "Sal de la tierra y de entre tus parientes y ven a la tierra que te mostraré" y haré que crezcas en una gran nación. Y así hace: sale de su tierra y en la ajena se aumenta la santa descendencia. Del mismo modo el peregrino, si se aleja de su tierra, es decir, de los negocios terrenos y de sus malos hábitos, y si sale de entre su parentela, esto es del ámbito que llena la noticia de sus pecados, y si persevera en las obras buenas, sin duda alguna, el Señor hará que aumente el número de las innumerables naciones angélicas en la bienaventurada gloria.

 

  También el Patriarca Jacob fue peregrino, pues salió de su patria y peregrina y mora en Egipto. Así como Jacob mora en Egipto, que quiere decir tristezas tinieblas, así el peregrino que sale de su patria para pedir los sufragios de los santos, al recuerdo de sus delitos debe vivir en la tristeza de la mente y de sus ojos y en las tinieblas de la penitencia. También los hijos de Israel fueron peregrinos, pues desde Egipto van a la tierra de promisión por diversas pruebas de trabajos, guerras y calamidades. Y como ellos con muchos sufrimientos entraron en la tierra de Promisión, así los peregrinos, para que puedan entrar en la patria celestial que les ha sido prometida a los fieles, han tenido que pasar por muchos engaños de los mesoneros, y han tenido que escalar los montes y descender a los valles, y que soportar el terror de los bandidos y las angustias de los trabajos, para llegar a la mansión de los santos.

 

  Nuestro Señor Jesucristo mismo, después de resucitar de entre los muertos, al volver a Jerusalén fue el primer peregrino, hasta el punto que los discípulos al encontrarse le dijeron: "Tú eres el único peregrino en Jerusalén". De los cuales discípulos después se escribió que conocieron al Señor, al partir el pan. En el camino el Señor no es conocido; en la comida, es conocido. El peregrino rico que alimenta a los pobres es conocido por el Señor, porque el que alimenta a los pobres es conocido por el Señor, y permite que le conozca a El y le hace feliz, como dice el Salmista: "Bienaventurado el que se preocupa del necesitado y del pobre; en el día terrible le librará el Señor". En el día terrible le librará, puesto que en el día del juicio se verá libre de los lazos del diablo y se salvará.

 

  Los apóstoles fueron peregrinos, pues el Señor los envió sin dinero ni calzado. Por lo cual de ningún modo se les concede a los peregrinos llevar dinero, a no ser para repartirlo entre los pobres. Si les envió sin dinero, ¿qué será de aquellos que ahora parten con oro y plata, bebiendo y comiendo abundantemente y nada repartiendo a los pobres?. A fe que no son peregrinos, sino ladrones y bandidos de Dios. Mas también se apartan de la compañía apostólica y parecen caminar por distinto camino los que llevan peculio propio y no reparten con los necesitados. Escuchen lo que dice el Señor a sus peregrinos cuando parten: "No poseáis oro, ni plata, ni dinero en vuestros cinturones ni alforjas para el camino, ni dos túnicas, ni calzados, ni bastón". En tal misión de los apóstoles se nos da a entender que no es lícito al peregrino llevar recursos, a no ser que quiera darlos a los pobres. No lleve dinero consigo, o si lo lleva, acceda a repartirlo con los pobres. Si de otro modo obra, oiga lo que dice el Señor a uno que le preguntaba: "Si quieres ser perfecto vete y vende todo lo que tienes y dalo a los pobres y sígueme". Por tanto, no siguen al Señor los que quieren vender sus bienes y gastarlos en la peregrinación, sino los que los venden y los dan a los pobres. Así como la multitud de creyentes tenía en otro tiempo un solo corazón y una sola alma, así entre todos los peregrinos deben tener todo en común, un solo corazón y una sola alma. Pues es una gran vergüenza y una gran afrenta el hecho de que mientras un peregrino desfallece otro esté ebrio. Los bienes disfrutados en común lucen más. El peregrino que lleva sobrante comida para el camino y no la reparte con los necesitados, sino que la vuelve a traer a su casa, temo que se condene con Ananías y Safira, los cuales, por retener el precio de la venta del campo vendido, mereciendo la maldición de San Pedro, de repente entraron en el antro de la muerte.

 

  Si el Señor, no entró en Jerusalén en un caballo o mula, sino en un asno, ¿qué será de aquellos que con caballos y mulas lucidísimas y con grandes equipos de comodidades van allá?. Si San Pedro fue a Roma descalzo y sin dinero y habiendo sido crucificado se llegó al Señor, ¿cómo muchos peregrinos cabalgando con mucho dinero y dos vestidos, comiendo manjares deliciosos, bebiendo más vino de la cuenta y nada repartiendo entre sus hermanos se dirigen a El?. Si Santiago, sin dinero ni calzado, fue peregrino por el mundo y finalmente degollado, subió al paraíso, ¿cómo los peregrinos repletos de diversos tesoros, sin dar a los necesitados, se encaminan hacia él?. Pedro y Santiago, sin dinero, recorrieron el mundo, continuamente orando, ¿qué será de aquellos que con el dinero procedente del robo, o de alguna injuria, o de la usura, o de lujuriosas deshonestidades, o de mentirosas fábulas, o de palabras ociosas, o de conversaciones burlescas, o de borracheras o de cantinelas, vienen a sus santuarios?. Si el bienaventurado San Gil o San Guillermo o el admirable Leonardo, confesores de Cristo, despreciaron la felicidad terrena y se retiraron a los remotos desiertos, alejados de sus parientes y conocidos y sin recursos; y allí llevaron una vida solitaria y casta, sustentándose con hierbas y agua, ejercitándose en vigilias y ayunos, ¿qué será de los que con grandes riquezas, sin dar a los necesitados y bebiendo abundantemente, van a visitarlos?. Indudablemente llevan vida distinta de la que ellos llevaron. Pues ellos, al distribuir sus bienes a los pobres, han conseguido la felicidad; en cambio, éstos, negándose a dar, ciertamente están necesitados de los dones celestiales. Aquellos abundarán; éstos mendigarán eternamente. ¿Y qué será de aquellos que su dinero, mejor dicho, que no es suyo, sino de otro, guardan y mendigan y vergonzosamente mueren en el mismo viaje con aquel dinero?. El peregrino que muere con dinero en el camino de los santos se excluye del reino de los peregrinos verdaderos. En cambio, ciertamente lleva debidamente el dinero en el viaje santo el que lo da a todos los que le piden y se hace pobre, hasta el punto de faltarle alimento, por el amor sobrenatural. Se condena también el que no entrega las limosnas o provisiones recibidas de otro peregrino que murió en el camino a quien le ordenó el mismo, sino que las retiene y las gasta.

                                                                                              * * *

 

¿Qué aprovechará, amadísimos hermanos, emprender el camino de la peregrinación, si no se hace debidamente? Debidamente, pues, se encamina al Santuario de Santiago aquel que antes de emprender el viaje perdona a los que le han hecho injuria, quien todos los remordimientos que le dirigen los demás o la propia conciencia, si le es posible hacerlo, los aplaca; el que de sus pastores, o de sus súbditos, o de su cónyuge, o de otro cualquiera a quien esté legítimamente ligado obtiene el permiso; el que devuelve lo injustamente adquirido, si puede; el que convierte las disensiones en tranquilidad dentro de su jurisdicción; el que deja ordenado dar sus bienes en limosnas, según disposición de sus parientes y de los sacerdotes, como tributo de muerte; el que, una vez emprendido el camino, da lo necesario para el cuerpo y para el alma a los peregrinos necesitados, como ya hemos dicho, o que como entre sus propios hermanos, en cuanto puede, las distribuye; el que no habla palabras ociosas, sino que cuenta anécdotas de los santos, huye de la embriaguez, de las pendencias y de la lujuria; la misa, si no todos los días, por lo menos los domingos y días festivos la oye, ora sin interrupción y todas las adversidades las aguanta con paciencia; el que al regresar a su domicilio se aparta de lo ilícito y en las buenas obras persevera hasta el fin, para poder cantar con el Salmista: "Yo cantaba tus justificaciones, Señor, en el lugar de mi peregrinación". El que por caminar pierde la misa y los maitines, pierde el mejor entre dos bienes. Mas si es pobre soporte lo adverso y próspero impasible, pida lo necesario a los que tienen y ore por la salud de sus bienhechores y por la de todos.

 

  Han de tener mucho cuidado los peregrinos durante sus jornadas que no haya discordia ni disputas entre ellos. Pues en la venerable iglesia del piadosísimo confesor San Gil vi en una ocasión en cierta noche unos que alborotando disputaban por la silla del santo; los francos se sentaban en el asiento que está junto al sepulcro y los vascones, deseando sentarse en aquel mismo asiento, les atacaban. Y entonces fue, desde luego, tal la refriega con los puños y piedras, que uno de ellos, con una herida grave, cayó al suelo y se murió. Otro, herido en la cabeza, huyó hasta Castelneu, en la vía de Périgueux, y murió allí. Por lo cual se han de desterrar de raíz las disputas y embriagueces entre los peregrinos. Pues éstos son dos vicios que todos los santos y todos los escritores sagrados detestan. Sobre las disputas así escribió un sabio: "El litigio con pocas palabras a veces enormemente se agranda". Y también: "Del pasado litigio no vuelvas a mentar los insultos". De éstas también dijo San Pablo: "En el momento en que hay entre vosotros celos y disputas, ¿por ventura no sois carnales?. ¿Acaso no sois hombres?".

 

  Así dice el Salmista: "Irritaos y no queráis pecar". El sabio debe mitigar pacientemente su ira para no pecar. En otro lugar San Pablo dice: "Que el sol no se ponga antes de que cese vuestra ira. No deis lugar al diablo". Pues el que peca por la ira da lugar al diablo indudablemente. La contienda tanto creció en otro tiempo, que no sólo entre los hijos de Israel, sino entre los discípulos del Señor metió su pie. Se hizo contienda entre Pablo y Bernabé hasta tal punto que se separaron. Y sucedió disputa entre los discípulos de Jesús sobre quién de ellos era mayor. A los cuales la forma de humildad que han de seguir les enseñó con esta modesta razón: "El que quiera entre vosotros ser el primero, sea de todos, siervo". Y para que el ánimo del jefe no sea presa de la vanagloria de su poder, se dice muy bien por el Sabio: "Te han elegido presidente, no te envanezcas; procura ser en el cargo como uno de tantos".

 

  Se ha de procurar, sin embargo, que la disciplina y exigencias de todo el que manda no sean excesivamente rígidas, ni que la tolerancia sea excesiva. Por consiguiente, como la contienda se aplaca con la humildad, así el vicio de la embriaguez se refrena con la moderación del agua en la bebida, como dijo un sabio muy adecuadamente: "La embriaguez es la tea; el beber agua, la paz". El borracho provoca al amigo a la pelea, ama la disputa, odia la paz, siembra la discordia, rompe la cabeza a los compañeros, hiere hasta a su padre y a su madre, ofende a Dios, pierde el sentido, sirve a la pasión, pierde las fuerzas, dice torpes palabras. ¿Qué más decir?. El pobre, cuando está ebrio, se arma de cuernos. Por lo cual los sabios acostumbraron a beber en otro tiempo vino aguado. Pues el vino con agua, bebiendo con moderación hace al hombre sano, alegre, elocuente, sobrio, animoso y hablador. Por el contrario, el vino, bebiéndolo sin moderación, como dijimos, lo hace ebrio, olvidadizo, iracundo, idiota, fatuo, loco, sensual, dormilón. De la embriaguez se ha escrito: en donde reina el vino, no hay secreto guardado. Noé fue el primero que plantó la viña, y, al embriagarse con vino, descubrió sus partes vergonzosas. Por ello, dice Isaías; "¡Ay de vosotros que sois poderosos para beber vino y fuertes para mezclar las borracheras!". Y en otro lugar el mismo dice: "¡Ay de los que madrugáis para coger la borrachera y para beber hasta la noche para arder con el vino!. Cítara, lira, tambor, flautas y vinos hay en vuestros convites, y no contempláis la obra del Señor y no consideráis las obras de sus manos. Por eso fue llevado a la cautividad mi pueblo, porque no tuvo la ciencia, dice el Señor". Del vicio de la embriaguez dice el profeta Joel: "¡Despertaos, ebrio, y llorad y sollozad todos los que bebéis vino en dulcedumbre, porque pereció vuestra alma por vuestra boca!". Y porque el vino nutre la lujuria en el cuerpo del bebedor, con razón dice el Sabio: "El vino y las mujeres hacen apostatar a los sabios". Por ello dice San Pablo; "No os embriaguéis con vino, en el que está la lujuria". Del vino no sale la lujuria, mas del que bebe vino se engendra la pasión. Por tanto, no es la culpa del vino, sino del que lo bebe. El vino es cosa buena, y muy buena, como creada por Dios, pero por favorecer la sensualidad de los que beben sin discreción, a nadie es lícito embriagarse con él. Además, el que a nadie le sea lícito embriagarse lo dice muy bien el Sabio: "No mires al vino cuando amarillea en el vidrio y cuando brilla su color: entra blandamente, pero al fin morderá como culebra y como el basilisco esparcirá su veneno". La culebra acostumbra a morder al hombre dormido, mas el basilisco, no sólo a morder, sino a extender el mortífero veneno por la bebida. La culebra que muerde al hombre cuando duerme, típicamente simboliza al diablo, quien con el fuego de la pasión inflama y hiere al que encuentra dormido con el vicio de la embriaguez. El basilisco que difunde el veneno en la carne del hombre, designa al mismo enemigo del género humano, pues él difunde en los corazones de los ebrios muchos vicios, a saber: la contienda, la emulación, la ira, las riñas, la disensión, la envidia, el odio, el fraude, la sensualidad, los pensamientos de apostasía; los cuales vicios que nacen de la embriaguez dice muy bien San Pablo que deben ser desterrados de los siervos del Señor. Y que estos dos vicios, esto es: la lujuria y la embriaguez, deben prohibirse a los adoradores de Cristo.

 

  En el Libro de los Doce Sabios lo dice así Basilio en dísticos:

 

  No te dejes de Venus vencer ni tampoco del vino.

  Pues de la misma forma Venus y el vino dañan.

  Venus enerva las fuerzas y Baco a su vez, excesivo,

  Entorpece el paso, debilitando los pies.

  Muchos, movidos de un ciego amor, descubrieron secretos,

  y la demente embriaguez nunca los supo guardar.

  Muchas veces Cupido ha llevado a la guerra funesta;

  Muchas las manos mueve Baco a la guerra también.

  Venus fatal a Troya perdió con la lucha homicida,

  Y a los Lapitas tú, Baco, perdiste fatal.

  Y cuando, en fin, por aquélla o por ésta enloquecen los hombres,

  Toda vergüenza y bondad huyen con todo temor.

  Ponle ferretes a Venus, con lazos sujeta a Lieo.

  Para que con sus dones ni ella te dañe ni él.

  Cálmete el vino la sed y feliz creadora de hijos

  Venus te sea: saltar límites tales daña.

                                                                                    * * *

 

  Mas ¿qué decir de los malos mesoneros que con tantos fraudes engañan a los peregrinos?. Así como de nuestro Señor Jesucristo en su pasión Judas llevó el castigo de su culpa y el buen ladrón el premio de su confesión, así los que abusivamente hospedan en el camino de Santiago pagarán en el infierno las penas de sus villanías, y los sinceros peregrinos recibirán en el cielo los premios de sus buenas obras y de sus sufrimientos. Se condenan, pues, los que malamente tratan en los albergues del camino de Santiago, explotando con innumerables engaños a los peregrinos. Unos van a su encuentro a la entrada de las ciudades, besándoles como si fueran parientes suyos que vienen de lejanas tierras. ¿Qué más les hacen?. Hospedándolos en sus casas, les prometen todos los bienes y les hacen todos los males. ¿A quién diré que semejan, sino al traidor Judas, que entregó al Señor con un beso?. Les dan a probar un vino bueno y les venden otro más malo. Otros venden sidra por vino, otros vino adulterado por vino bueno. Otros, pescados o carne cocida de dos o tres días, con lo cual aquéllos enferman. Otros les muestran una medida grande y si pueden les vende por un pequeña. Algunos tienen falsas medidas para el vino y la avena, externamente muy grandes, por dentro pequeñas y estrechas, o sea poco excavadas, las cuales el vulgo llama marsicias. De tales malvados mesoneros dice, pues, Isaías lamentándose: "Los vasos de los fraudulentos son pésimos, pues los mismos apelan a todos los recursos para engañar a los buenos con el lenguaje de la mentira". Hay quien trae vino del tonel y, si puede, echa agua en el vaso anticipadamente. Otros les prometen mullidos lechos y se los proporcionan detestables. Algunos, al venir otros huéspedes, arrojan a los primeros, después de haber recibido la paga. El mal hospedero no le da buena cama a los peregrinos, a no ser que le den a él de cenar, o una moneda. Si la moneda del peregrino vale por dos monedas de la ciudad en que desea comer, el malvado fondista no se la valora más que por un óbolo. El hospedero malvado da el vino mejor a sus huéspedes para conseguir embriagarles y cuando duermen poder quitarles la bolsa, o el gurlo, y otra cosa. El mesonero malo les da muerte con bebidas venenosas para poder apoderarse de sus despojos.

 

  También irán al suplicio de los malvados los que hacen dos departamentos en el tonel y ponen una clase de vino en cada uno de ellos, de los cuales les ofrecen primero para probar, el mejor, y después a la comida les traen el peor, del segundo departamento. Otros una medida de cebada o de avena que los españoles llaman cahiz o arroba, que puede tener en el mercado de la villa en que se encuentran un precio remuneratorio poco más o menos de seis monedas, se la venden por doce, o al menos por diez. Igualmente el sextario de vino, si en esta villa, según el precio corriente, se vende en doce monedas, ellos se lo venden por veinte, o por dos sueldos.

 

  ¿Y qué decir de la sirvienta, que por mandato de la dueña derrama el agua que hay en casa, para que los sedientos peregrinos, no teniendo de noche agua para beber, compren vino al dueño de la casa? ¿Y qué decir de la que roba en los pesebres con el consentimiento del amo la avena o la cebada?. Enteramente la anatematizamos. Las criadas de los hospedajes del camino de Santiago que por motivos vergonzosos y para ganar dinero por instigación del diablo se acercan al lecho de los peregrinos, son completamente dignas de condenación. Las meretrices que por estos mismos motivos entre Puerto Marín y Palas de Rey, en lugares montuosos, suelen salir al encuentro de los peregrinos, no sólo deben ser excomulgadas, sino que además deben ser despojadas, presas y avergonzadas, cortándoles las narices, exponiéndolas a la vergüenza pública. Solas suelen presentarse a solos. De cuántas maneras, hermanos, el demonio tiende sus malvadas redes y abre el antro de perdición a los peregrinos, me causa asco describirlo.

 

  Por otro lado, ¿qué diré de los malos albergueros que por avaricia se guardan los dineros de los peregrinos que mueren en sus hospedajes, los cuales debieran invertirse en limosnas a los pobres y a los clérigos?. Los malos hospederos de la ciudad de Santiago dan gratis la primera comida a sus huéspedes y no les venden más que los cirios y la cera. ¡Oh fingida caridad! ¡Oh falsa piedad! ¡Oh esplendidez llena de todo engaño!. Si el dueño de un hospedaje tiene doce peregrinos en una fecha determinada y les da la primera comida de carne o pescado, que puede valer en el mercado de la ciudad ocho monedas, él, fingiéndose hombre desprendido, se la regala; mas después les trae doce cirios, cada uno de los cuales se vende en el mercado en cuatro monedas, y se los vende en seis sueldos. Los explota a cada uno violentamente en seis monedas. Igualmente la cera, que vale cuatro monedas, se la vende en seis, y la que vale otros tantos sueldos se la vende en seis sueldos, habiéndoles regalado la comida. ¿Para qué decir más?. La carne y pescado, que les dio de comida, valorados en ocho monedas, en realidad, se lo vendió fraudulentamente con un sobreprecio de dos sueldos. ¡Oh nefando mercado! ¡Oh lucro detestable!. Otros hierven con la cera sebo de carneros, o de cabras, o habas cocidas sin piel, y de esto hacen los cirios. Otros a las preguntas de los peregrinos contestan con fábulas mentirosas y nefandas, en vez de los hechos verídicos de Santiago. Algunos, anticipándose astutamente, envían desde la ciudad de Santiago hasta Puerto Marín a su cliente al encuentro de los peregrinos para que les hable de este modo: Hermanos y amigos míos, yo soy de la ciudad de Santiago y no vine aquí en busca de huéspedes, sino que estoy en esta villa al cuidado de una mula enferma de mi señor; id, pues, a su casa y os ruego le digáis que su mula pronto sanará, y hospedaos allí, pues por amor mío, él, al mencionarle esta buena noticia, os tratará bien. Y cuando llegan allá encuentran todo lo malo. Otro va a Barbadelo o a Triacastela a su encuentro, y cuando los avista los saluda y les habla astutamente de otras cosas; luego así les dice: Hermanos míos, que vais a Santiago, yo soy un ciudadano rico de esa ciudad, y no he venido hasta aquí para procurarme huéspedes, sino para hablar con un hermano mío que habita en esta villa; mas si queréis tener un buen hospedaje en Santiago, hospedaos en mi casa y decidle a mi mujer y a mi familia que os trate bien, por amor mío; yo os daré una señal, para que se la mostréis. Así, con falsas palabras, a unos peregrinos les da su navaja, a otros el cinto, a otros la llave, a otros la correa, a otros el anillo, a otros el sombrero, a otros los guantes, como señal, enviándolos a su casa. Cuando éstos llegan a la casa del mismo y se hospedan en ella, después de darles la primera comida, la dueña de aquel hospedaje les vende un cirio, que vale cuatro monedas, en ocho, o diez. De esta manera se engaña por los albergueros a los peregrinos de Santiago. Y si algún peregrino tiene alguna marca de plata que valga en venta treinta sueldos, el desaprensivo hospedero lo lleva junto al banquero, cómplice suyo; le da arteramente el consejo engañoso de que venda la marca al banquero por veinte sueldos, para recibir el inicuo mesonero del comprador la reva, esto es: doce passut, o poco más o menos. Llaman fraudulentamente a las monedas passut, y reva quiere decir precio de la iniquidad. Del mismo modo, si el peregrinos tiene algo que vender que sea de gran precio, él le sugiere que lo dé por poco, para por ello obtener una gran reva del mismo comprador, o de ambos. Y si tiene monedas para cambiar, dicho hospedero, deseando obtener la reva, le induce a que dé veinte de sus monedas por doce de las del país, por donde pasa, a pesar de que aproximadamente valen dieciséis. Así los malos mesoneros engañan a los peregrinos y se condenan.

 

  Los guardias que custodian los altares de las basílicas de Santiago, San Gil, San Leonardo, San Martín de Tours, de Santa María del Puy y de San Pedro en Roma, son también cómplices de las maldades de los mencionados hospederos, cuando llevan a los peregrinos con el fin de lucrarse a los altares y les aconsejan que depositen en ellos sus ofrendas para que dicho hospedero reciba por las mismas la reva y el guarda reciba fraudulentamente su parte. ¿Y qué diré del guarda que, después que ha robado las ofrendas del altar, aún de lo que queda quiere exigir su porción a los rectores del altar y de la iglesia?.

 

  Los peregrinos se han de precaver con mucho cuidado contra ciertos estafadores a quienes vulgarmente se da el nombre de Cinnatores, los cuales acechan en los caminos. Unos cambian con monedas falsas, otros en el cambio les roban, otros semejan vender correas, cintos, cíngulos, guantes, cera o alguna otra cosa, fingiendo darlas a bajo precio. Y mientras uno de ellos se los muestra al peregrino y le devuelve su moneda falsa, otro arroja en el camino una onza de oro falsa al paso de los peregrinos, y como que la encuentra, se inclina y la levanta del suelo a su vista. Y puesto que los peregrinos la encuentran con él, quieren tener participación con él. Pero el astuto estafador, fingiéndose pobre, les vende su parte, cara, en cuatro, o cinco sueldos, por oro bueno, valiendo tan sólo el valor de una aguja. ¿A quiénes se parecen éstos, si no es a Datán y a Abirón, a quienes tragó la tierra?.

 

  También se han de precaver los peregrinos contra algunos malvados mesoneros que meten su anillo, o su sello de plata, en las alforjas o en los sacos de sus huéspedes cuando de noche están dormidos y cuando salen del hospedaje y han andado una milla los persiguen, y con este fraudulento pretexto los roban. Sobre todo se condena a los italianos, que encubren a los ladrones que hacen sucumbir a los peregrinos en sus trampas; si por casualidad son sorprendidos los ladrones, éstos les entregan el dinero y ellos los dejan escapar indemnes. Por lo tanto, se condenan con ellos, pues los ladrones y encubridores igual pena merecen en el infierno.

                                                                                      * * *

 

  Por otro lado, ¿qué diremos de los falsos penitenciarios?. Hay algunos falsos, hipócritas, llenos de demonios, clérigos, o laicos, vestidos con hábito religioso, exteriormente humildes como las ovejas, interiormente lobos rapaces, los cuales en el camino de Vézelay, en el de Santiago, en el de San Gil o en el de Jerusalén, imponen falsas penitencias a los peregrinos, o a otros incautos que encuentran en lejanas tierras. Caminando con ellos, al principio sostienen conversaciones edificantes, enumerándoles por orden todos los vicios; después, hablándoles aparte a cada uno de ellos, les preguntan en secreto sobre su conciencia y sobre los pecados cometidos. Luego que los han confesado, a unos les imponen treinta misas, a otros trece en penitencia por cualquier pecado. Pues le dicen al peregrino: "Haz decir treinta misas en memoria de los treinta dineros por los que el Señor fue vendido, de tus mejores treinta monedas, por presbíteros que nunca hayan tenido trato con mujeres, ni hayan comido carne, ni tengan propiedades". Mas aquel que no sabe dónde encontraría tales presbíteros le da las treinta monedas al que dice que él los encontrará. No se preocupa el que las recibe de la salud del pecador, sino que mete el dinero en la bolsa y lo gasta lujuriosamente, y poniendo su alma en anatema la mete en el infierno. De éstos hay que precaverse con mucho cuidado, como si se tratara de lobos hambrientos.

 

  ¿Qué decir de algunos hipócritas que, so pretexto de enfermedad se sientan en el camino de Santiago o en el de otro santo cualquiera, estando sanos, y se muestran a los transeúntes? No lo sé. Unos, pues, muestran a los transeúntes sus piernas o sus brazos, ora teñidos con sangre de liebre, o escoriados con ceniza de la corteza del álamo blanco, en apariencia con gran dolor, por motivos de avaricia para poderles arrancar la limosna. Otros tiñen sus labios o sus mejillas de color negro, otros que traen palmas y capas de Jerusalén que los franceses llaman lotuesas para tener apariencia de enfermos; otros se fingen sordos, o mudos, otros tiñen un brazo o un pie que se le han cortado en alguna otra ocasión por algún robo, con sangre de animal para aparentar como si lo hubieran perdido por enfermedad, y lo muestran a los peregrinos. Otros, a quienes les han sacado los ojos por pena de hurto, se sientan junto al camino y se presentan como si hubieran perdido los ojos por alguna enfermedad. Otros muestran un pie, o una mano dislocados, secos o rígidos, aunque no lo estén; otros, se presentan a los transeúntes abultando el vientre como un pellejo, o como el de un buey, para obtener dinero. Otros, como algunos cojos, a pesar de que podían caminar derechos con sus cayadas, dejando éstas con las rodillas encorvadas, sosteniendo almohadillas en las manos, aparecen encogidos hacia tierra y en lugares solitarios de los caminos piden limosna. Estos están tan llenos de orgullo que no quieren aceptar pan, o una limosna pequeña, sino monedas, paños o cera. Sin embargo, el que les da una limosna por el amor de Dios, o del Apóstol, sin duda recibirá su recompensa. A esos mendigos no se ha de privar de las limosnas, ni se han de despreciar, sino que hay que corregirlos de su viciosa codicia por medio de la palabra de Dios. No elijas –dice San Isidoro- al que ha de ser objeto de tu misericordia. Da a todo el que te pide. Ignoras por quién agradarás más a Dios. Cuando vas a la basílica de Santiago, o de cualquier otro santo no les eches en cara la limosna que les dieres, pero cuando regreses, corrígelos diligentemente. Puesto que, como dice Santiago; "El que hiciere que un pecador se convierta de su mala vida, salvará su alma de la muerte y borrará la multitud de sus pecados".

 

  Además, ¿qué diremos de las mujeres, que hacen cirios para la venta y les ponen tanto hilo en los cirios, o en las velas, que no pueden arder en las misas, o en las lecciones? ¿Y qué diremos de aquellas que, cuando vienen las multitudes de peregrinos les venden más caros el pan, el vino, la avena, el fruto, el queso, la carne y las aves?. Toda iniquidad y todo engaño abunda en los caminos de los santos.

 

  ¿Y qué diré de los falsos banqueros que el vulgo llama cambiadores?. Si doce monedas del peregrino valen dieciséis monedas del banquero, las cuales aquél desea adquirir, no le dará, por consejo del malvado hospedero del peregrino, a no ser trece, o catorce, en cambio de ellas. Si valen veinte, le dará dieciséis, o menos, si puede. En cambio, si doce monedas del banquero valen dieciséis del peregrino, no se las dará, a no ser por veinte. Si valen trece le cobrará dieciséis al peregrino. Si una marca de plata pura vale treinta sueldos, el cambista no le dará sino veinte por ella. El cambista tramposo tiene distintas pesas, grandes y pequeñas. Compra la plata por la que requiere mayor peso y tamaño, y la vende por la que requiere menor peso, o cantidad. Pondera su oro y su plata y sus joyas y desprecia las de los demás. Vende caro y compra barato. Si puede engaña a los demás, pero él se guarda bien. Pesa cada moneda por sí misma en una balanza que llaman trebuqueto y vende a los demás en mayor precio la que es más pesada, o en el horno la funde al fuego con otra plata. Las monedas grandes maliciosamente las rompe con una tenaza y machacándolas las hace aparecer grandes. ¡Ay, una y mil veces, de aquél que comete tales fraudes! ¿Qué hace aquel malvado?, un anillo, un cáliz o un candelabro o cualquiera otro objeto dorado, lo vende tramposamente por oro. Sus marcas de plata, o talentos de oro los vende, si puede, más caros por plata, o por oro de ley contrastados, aunque no estén contrastados, y, en cambio, los de otro, a pesar de que están contrastados, los compra, como si no lo estuvieran, a precio más bajo. Si la marca, o el talento del peregrino valen cuatro monedas menos que las que exige el peso de ley, se los compra descontándole doce. Si el oro, o la plata, de dicho banquero está en un anillo, o en un vaso, o en un candelero, o en un freno, o en cualquier otro objeto, se lo vende por oro puro, aunque no lo sea, y además le cobra el trabajo de la obra. Y si el peregrino trata de venderle los mismos objetos, no se los compra a no ser por oro, o plata sin contraste. Igualmente las piedras que no son preciosas, o sea las semejantes a las piedras preciosas, que se denominan contrahechas, las vende a los incautos por preciosísimas. Estas y otras villanías comete, dando lugar a que venga el lazo infernal sin darse cuenta y la trampa que él prepara lo coja a él mismo, cayendo en el propio lazo. Apartaos, por tanto, falsos banqueros, de lo que dice de vosotros el Salmista: "Mentirosos los hijos de los hombres en sus balanzas, para ser convencidos los mismos de vanidad en estas mismas".

 

  Os habéis engañado con vuestras mismas trampas. Pues vuestras propias obras os llevan a los infiernos. Con la misma medida con que hayáis medido se os medirá a vosotros. Peso sobre peso, marca sobre marca, libra sobre libra, están en vuestra mesa. Oíd lo que os dice cierto Sabio: "Peso y peso, medida y medida, uno y otro abomina Dios". Pues vuestras mesas en otro tiempo el Señor derribó en el templo, como está escrito en el Evangelio: "Las mesas de los cambistas y las sillas de los que vendían palomas tiró por el suelo".

 

  ¿Y qué diremos de los especieros engañosos?. Unos guardan por tanto tiempo las especias de las hierbas hasta que se pudren, y, después de podridas, las venden por buenas. Otros venden especias falsificadas por preciadísimas. Algunos rocían la pimienta con agua, para que pese más en la balanza. Otros le añaden granos tostados de ginebra, o arena negra semejante a la misma; otros, barbara glisce, parecida al alumbre, quitándole la eflorescencia; otros mezclan al incienso resina de abeto o de pino; los hay que mezclan tierra semejante cuando venden pinturas; otros venden verde de tierra por verde griego a los ignorantes; otros minio en vez de bermellón; otros mezclan el minio con el bermellón; otros rocían el azur con agua para que pese más. De modo parecido adulteran los otros colores y especias con cosas diversas semejantes a ellos.

 

  Esto mismo hacen los médicos. No temen adulterar inicuamente los electuarios, los potingues y los jarabes y los demás antídotos con otros ingredientes. Mezclan las cosas buenas con las malas y venden las adulteradas por especias de gran precio.

 

  ¿Y qué decir de los negociantes farsantes?. Unos compran los paños con alna grande, y los venden con pequeña; otros los guardan tanto tiempo que se pudren, a pesar de lo cual los venden por buenos; algunos venden más caros a los peregrinos que a sus vecinos, la correa, pieles de animales silvestres, el cinto, los guantes o los demás objetos que tienen para vender; otros hacen juramentos falsos , con frecuencia, por el menor motivo, por lo cual se condenan; otros estiran los paños nuevos que tienen para vender, con las manos, para hacerlos más largos y más anchos de lo debido; otros, la correa de oveja, o de piel de cerdo, o de caballo, la venden como si fuera de ciervo; los cintos, bolsos, bragueros, o vainas de piel de cerdo, o de oveja, venden fraudulentamente a los incautos, como si fueran de ciervo. ¡Oh engañosa avaricia!. Los hay quienes procuran que sus siervos aprendan estos ardides, y los envían al Puy, a Saint Gilles, a Tours, a Plasencia, a Lucca, a Roma, a Bari y a Barletta, pues en estas ciudades suele haber escuela de toda clase de engaños.

 

  ¡Oh vosotros, falsos mesoneros, engañosos banqueros y negociantes inicuos, convertíos al Señor vuestro Dios, posponed vuestras maldades, apartad vuestra avaricia, desterrad de vosotros vuestros inicuos engaños!. ¿Qué diréis el día del juicio, cuando veáis que todos los que engañasteis os acusan delante de Dios?. Sabed que habéis despreciado a Dios en vuestros innumerables maldades. Mas si no os convertís de vuestros innumerables engaños a los mismos santos, a saber: Santiago, Pedro, Gil, Leonardo; a la misma Madre de Dios, Santa María del Puy; a Santa Magdalena, a San Martín de Tours, a San Juan Bautista de Angély, a San Miguel Marino, a San Bartolomé de Benevento, a San Nicolás de Bari, los tendréis como acusadores delante del Señor, pues habéis explotado a sus peregrinos. Cuando vengáis al juicio delante de Dios, lamentándoos, ellos os dirán: Estos son, Señor, los que engañaron, valiéndose de tantos medios, a nuestros peregrinos y les hicieron tantas injurias. "Según las obras de sus manos, dales el pago, dales la debida sanción a los mismos, puesto que no entendieron las obras del Señor, y en las obras de sus manos los destruirás y no los edificarás. Venga la muerte sobre ellos y desciendan vivos al infierno, puesto que la iniquidad estuvo en sus tiendas en medio de ellos".

 

  ¿Qué será entonces de vosotros, a dónde podréis escapar, a quién pediréis auxilio, teniendo a los mayores santos en el día del juicio de acusadores, cuando los debíais de tener como defensores?. Tendréis como acusadores a los que todo el mundo desea tener como abogados, a los que todo el orbe venera, a cuyas basílicas todo el pueblo se encamina, cuyos sepulcros todos abrazan con piadoso amor, cuya ceniza y polvo se guarda en la caja de caudales como si fuese oro escogido y piedras preciosas; por cuyo poder, méritos y preces se perdonan los débitos a los pecadores, se curan los enfermos, los ciegos se iluminan, los cojos se levantan y los desconsolados se consuelan, los presos se ven libres.

 

  Cuyas reliquias veneran, ofreciendo votos, las personas piadosas.

  Estos son los que están ante Dios, que oran noche y día

  Para que los pecadores merezcan para sí el perdón.

  Nadie sabe que haya mejores intercesores que éstos.

  Y escogiendo a éstos, Dios nos los dio y, llevándolos sobre los aires,

  lo que quieren que suceda eso hace.

  Y lo que se pide a Dios por mediación de ellos, por la plebe,

  todo se concederá con el favor de Dios, que no tiene límites.

 

  Os acusarán a vosotros los que ayudaron a otros, y si no despertáis en esta vida, no precisamente ellos, sino vuestras iniquidades os quitarán el reino en el futuro. Aquellos a quienes engañasteis gozarán en el cielo; vosotros iréis al Tártaro entre las llamas infernales. Ellos se alegrarán con Dios en el cielo; vosotros lloraréis con Satanás en el infierno. Ellos estarán coronados en el cielo; vosotros estaréis en el infierno sumergidos en el fuego perenne, por lo cual dice el Señor por boca de Isaías: "Por que os llamé y no respondisteis, os hablé y no escuchasteis, y hacíais el mal a mis vistas e hicisteis lo que yo detestaba; por estos motivos, por éstos, dice el Señor mi Dios: "He aquí que mis siervos comerán, y vosotros tendréis hambre; he aquí que mis siervos se alegrarán, y vosotros os confundiréis; he aquí que mis siervos me alabarán con todo el regocijo de su corazón, y vosotros clamaréis con todo el dolor de vuestro corazón y con el dolor de vuestra alma sollozaréis y aborreceréis mi nombre". Y he aquí que no sólo perderéis los tesoros que inicuamente habéis juntado con innumerables engaños, sino que perderéis también vuestra alma y vuestro propio nombre en el futuro y os alegraréis como el que es capturado por los enemigos, es herido, despojado, encerrado en un calabozo, atormentado y últimamente afligido por el hambre, el frío y la tristeza. No diréis más: yo soy aquel que solía ser convidado feliz, sino: yo soy desgraciado en la pena. El que pierde a sí mismo hace un mal negocio, puesto que lo pierde todo. Atended a lo que dice de vosotros el libro de la Sabiduría: "El que derrama sangre y el que comete engaño movido por el lucro son hermanos". Sabed que vuestros lucros, con los cuales llenáis vuestras bolsas, perjudicando a los peregrinos, no son lucros, sino delitos. Pues el lucro que aparta a su dueño del reino de Dios y lo mete en el infierno, no es lucro, sino daño. Vuestras artes e ingenio agudísimos, con los que engañáis a los peregrinos, os apartan totalmente del reino de Dios y os introducen profundamente en el infierno. ¿Qué os aprovecha reunir riquezas con vuestras malas artes, si perdéis vuestras almas en el infierno? ¿Qué aprovecha al hombre si consigue todo el mundo, pero se pierde a sí mismo y se causa daño a sí propio?. En proporción a vuestra avaricia, conseguís ganancias enormes e ilícitas, con las cuales alimentáis innumerables y nocivos vicios. Por lo cual dice San Pablo: "La avaricia es la raíz de todos los males, la cual apeteciendo algunos erraron en la fe y se mezclaron en muchos dolores". Así como de la caridad nacen todos los bienes, así de la avaricia surgen todos los males. Por la ambición el hombre miente, postergando su lealtad; se hace avaro, simoníaco, vende a Cristo, ofende a Dios, abandona el amor al prójimo, olvida al pobre, pierde toda la caridad, olvida el reino de los cielos, corrompe los juicios humanos en el tribunal de los nobles, tiene lugar la fornicación y el adulterio, el latrocinio y el sacrilegio, y el falso juramento se comete y todos los males y todos los vicios; la misma dignidad clerical, y esto es lo peor, se envilece, la riqueza se amontona, por lo cual la verdadera pobreza, que Cristo mandó amar a los fieles devotos, es violada y todo género de vicios se fomentan. Si no tuvieras avaricia, no reunirías riquezas; si no tuvieras tesoros, no alimentarías los vicios. Sentirás tal vez apetitos lujuriosos, desearás convites espléndidos, vestirte de vestidos preciados, habitar palacios, ser honrado de todos, pero te faltan las riquezas con las que estos vicios pueden alimentarse. Por lo cual dice Isaías: "¡Ay de vosotros los que unís una casa a otra y un campo a otro! ¡Ay de vosotros que arrastráis el pecado cual la coyunda del carro! ¡Ay de los que llamáis a lo malo bueno y a lo bueno malo, haciendo de las tinieblas luz y de la luz tinieblas; haciendo de lo amargo dulce y de lo dulce amargo! ¡Ay de los que sois poderosos para beber vino y varones valientes para mezclar la borrachera! ¡Ay de los que sois sabios a vuestros ojos! ¡Ay de los que justificáis al impío por los regalos y negáis la justicia al justo!".

 

  Vuestra codicia insaciable de por sí abusaría de todo el mundo si pudiera. Cuando no podéis abusar de alguno, lo sentís enormemente. La voluntad nunca os falta; el poder muchas veces os falta, por lo cual el engaño siempre lo tenéis a mano. Si alguna vez no lo lleváis a cabo, es porque no podéis. Si los demonios se condenaron porque querían tener lo que Dios no les quiso dar, vosotros igualmente estáis condenados por el juicio divino, porque queréis tener lo que Dios no quiere que tengáis. Vuestra avaricia, como la hidropesía es insaciable. El hidrópico cuanto más bebe más desea beber. Vosotros también cuanto más tesoros de engaño adquirís, más trabajáis por adquirir. Vuestra avaricia es semejante al abismo insaciable, a un pozo profundo y al mar. Así como vuestra avaricia no tiene medida, vuestras penas serán sin medida en las llamas infernales. Oíd lo que dice Isaías: "Por ello el infierno dilató su vida y abrió su boca sin límites, y descenderán los fuertes del mundo, su pueblo, y los sublimes y gloriosos del mismo". ¡Oh dolor!. Los gloriosos y los sublimes del orbe descenderán a los infiernos. Permaneciendo en vuestros vicios deseáis a veces el reino de Dios, pero vuestro pensamiento fracasa. Así os habla Isaías: "Como sueña el que tiene hambre que come, y el que tiene sed que bebe, y cuando despierta está aún ayuna su alma, así será la multitud de todos los malos". Así se dice vulgarmente: quien hace mal y espera bien, trabaja en vano. Mientras los demás hombres descansan en los días festivos de las obras de la carne, muchos de vosotros no temen estafar a sus hermanos por las ferias y mercados. Por lo cual vuestras faltas sobrepasan a los delitos de los demás. Tales solemnidades el Señor las odia, pues dijo por el Profeta: "Mi alma aborrece vuestras calendas y solemnidades; me resultan odiosas, estoy cansado de soportarlas. Y cuando extendáis vuestras manos apartaré mis ojos de vosotros, y cuando multipliquéis vuestra oración no os escucharé, pues vuestras manos están teñidas de sangre". Y en otro lugar dice el Señor: "¿Por qué clamas hacia mí?. Tu dolor es incurable".

 

  Por tanto, el que no engaña a los peregrinos, ni en la plaza, ni en el negocio, ni en el cambio, ni en el hospedaje, ni por los citados medios fraudulentos, sino que se porta con ellos debidamente, sin duda alguna obtendrá en el futuro el premio del Señor. Quienquiera que los ultraje y les quite algo, por hurto, rapiña, o por otro medio cualquiera, sin duda alguna, su suerte será con Datán, Abirón y con el diablo.

 

  ¿Y qué diremos de los que cobran tributos a los peregrinos de Santiago?. Los cobradores de portazgos de Ostabat, de San Juan y de San Miguel del pie del Puerto de Cize, se condenan del todo. No hay lengua que pueda decir las injurias que les hacen a los peregrinos. Apenas pasa un transeúnte que no sea explotado por ellos. Con la autoridad de Dios, Padre Omnipotente, y del Hijo y del Espíritu Santo, y de todos los santos, son excomulgados cien veces y anatematizados y apartados de las puertas del santo paraíso por boca de muchos santos obispos y sacerdotes y monjes, que con frecuencia son allí estafados. Por lo cual es preferible callar a hablar. Y por lo mismo, dichos malhechores, a saber: los mesoneros, cambistas, negociadores y cobradores de puertas, han de ser amonestados que se arrepientan. Si alguno desprecia mis palabras y mis escritos que condenan los citados vicios, escuchen al Sumo Doctor y al Maestro de todos que me manda en esta forma: "Levanta tu voz y anuncia a mi pueblo sus delitos". Pues si no advierto su iniquidad al impío, el Señor pedirá cuentas a mis manos por la sangre vertida, pues me he hecho homicida de mi propia alma, por no corregir a aquél. Alégrense, pues, en estas solemnidades de la fiesta de Santiago Apóstol los que han tratado bien a los peregrinos durante su viaje, en todos sus negocios. Alégrense los peregrinos que vienen a su santuario, y que recibirán con la protección del mismo la corona de gloria por sus fatigas.

                                                                                       * * *

 

  Con alegría, amadísimos hermanos, celebremos en la tierra su fiesta venerable hasta que en la solemnidad apostólica, que no tiene fin, merezcamos gozar en los cielos. Alégrese sobre todo el pueblo gallego, que mereció tener tal guía y pastor; regocíjense todas las naciones occidentales; todas las islas de los mares ennoblecidas con tan excelso patrono; alégrese también Samaria, empapada en sus enseñanzas; regocíjese Jerusalén, teñida de púrpura con su sangre, y todos celebremos su fiesta con el corazón, con la boca y con las obras, y pregonando sus alabanzas felicitemos al Señor.

 

  ¡Oh dichoso pueblo de España y de Galicia, honrado con el poder de tan gran príncipe!; exaltado no por el mérito de tu bondad, sino por el de tan glorioso Apóstol. El te decoró, él te adornó, él te hizo feliz, él te honró. Tu noche, que no tenía día, se ha convertido en antorcha de la verdadera fe, cuyo esplendor no es posible explicar con palabras. Tú, que antes no tenías la gracia, ahora se te concede abundantemente. Antes ignorabas a tu Criador; ahora, por tu Apóstol, conoces a tu Hacedor. Antes estabas sumergida en el error; ahora has sido levantada a la fe apostólica. Antes estabas entregada a las leyes vanas; ahora has aprendido las enseñanzas de libertad. Abjuraste lo que eras y comenzaste a ser lo que no eras. Tú, que había fabricado templos inmundos, ahora adoras al verdadero Dios. Tú, que yacías en el estiércol de la infidelidad, ahora brillas en la fe apostólica. Antes estabas como viuda; ahora estás desposada con el celeste varón. Antes eras estéril; ahora das a luz hijos. Antes estabas desconsolada; ahora, reconciliada con tu Criador. Antes estabas como oveja descarriada y sin pastor; ahora, unida al Rey celestial. Antes eras necia sin tal doctor; mas ahora estás en compañía del fiel maestro.

 

  Como, pues, el sol, difundiendo su luz hace huir las tinieblas, así el rayo del verdadero sol, expulsando de ti las tinieblas, te trajo la verdadera luz. Y aunque muchos climas del mundo pierden los rayos del sol en determinadas épocas, el rayo del verdadero sol nunca ha dejado de lucir para ti con el esplendor de las virtudes. Aunque el titán no siempre luce para el mundo, para ti siempre el rayo del verdadero sol apostólico está presente y luce con los milagros y auxilios divinos. Así como con la luz del sol primero se iluminan los montes, después los valles, así tú, que fuiste en otro tiempo valle de tinieblas, con los rayos apostólicos empezaste a brillar. Primero se iluminan los montes, luego los valles. Primero son iluminados los apóstoles, luego las gentes. Y como la estrella surge en Oriente y va resplandeciendo hasta el Occidente, así el rayo apostólico no sólo en tu provincia brilla por los milagros divinos, sino en todo el mundo, en donde se construyen sus iglesias. Surgió de entre las tinieblas la luz maravillosa, y tus tinieblas resplandecen igual que el mediodía, porque para los habitantes en la región de las sombras de la muerte, nació la luz. No es de extrañar que estuvieras en otro tiempo en las tinieblas de la infidelidad, pues no tenías la luz de la doctrina. Si no hubieras visto el rayo del sol no hubieras conocido el sol. Has conocido, pues, el sol de justicia, porque viste su rayo. El mismo sol "que ilumina a todo hombre que viene a este mundo". Al mismo sol que dice el Salmista: "Puso en el sol su tabernáculo". Y del que el Profeta dijo: "Para vosotros que teméis a Dios, saldrá un sol de justicia". Y en otro lugar: "Se elevó el sol y la luna se paró en su camino". El sol se puso cuando Cristo murió en la cruz. El sol se elevó cuando Cristo resucitó entre los muertos. El sol emitió sus rayos cuando Cristo envió sus apóstoles por todo el mundo llenos del Espíritu Santo.

 

  Vive justamente, nación española, puesto que has recibido uno de estos rayos. Guarda el rayo de tu verdadero sol con tus buenas costumbres, para que se digne lucir para ti con sus virtudes. Guarda el tesoro, conserva la piedra viva escogida por el Señor en el mar de Galilea, honorable entre las piedras apostólicas, colocada en el Santuario del Señor. Feliz tierra de Galicia, que has merecido tener tan gran tesoro. Encontraste la perla celestial, encontraste el tesoro deseable. Perla que brilla con los milagros divinos, tesoro lleno de beneficios divinos. Tesoro deseable que se guarda en tus tierras. A quien tiene tal tesoro nada le falta. ¿Qué puede faltar, pues, a quien tiene la virtud de tan gran tesoro?. Mas, ¿de dónde te proviene esto: el tener tan gran tesoro, gente inculta?. Parece que se ha cumplido contigo aquel adagio que dice: Al necio no buscada la suerte le es dada. Dime, pues, ¿quién te la ha dado?. Quizá me dirás que nos ha visitado naciendo desde lo alto. Dices verdad que te visitó naciendo desde lo alto, por haberse dignado darte la virtud de su Apóstol. Estando desterrada en lo último del orbe de las tierras y, por decirlo así, colocada en los últimos siglos, sin embargo, el rayo del verdadero sol nace para ti luciendo para aquellos que están en las tinieblas y en la sombra de la muerte, para dirigir también los pies de muchos de los que se dirigen al Apóstol del Señor en tu patria. Se reúnen, pues, en tu país, en catervas, gentes extranjeras de todos los climas del mundo, las cuales traen obsequios de alabanzas al Apóstol del Señor, con alegría. De ti, pues, puede entenderse lo que el Señor dijo en otro tiempo por boca de Isaías: "He aquí que te he descrito en mis manos, tus muros siempre están delante de mis ojos. Vivo por mi vida, yo, dice el Señor, que te vestirás de todas las gentes como de ornamento y te rodearás de ellas como esposa. Que tus desiertos y tus soledades y tu tierra arruinada ahora, serán estrechas para sus habitantes y huirán lejos los que te absorbían. Aún dirán a tus oídos los hijos de tu esterilidad: es angosto este lugar; dame espacio para habitar. Y dirás en tu corazón: ¿quién engendró para mí a esos?. Pues yo soy estéril y no madre; desterrada y cautiva; y a esos, ¿quién los ha nutrido?. Yo era sola y abandonada, y esos, ¿en dónde estaban?. Esto dice el Señor mi Dios: He aquí que tenderé mi mano a las gentes y levantaré mi bandera ante los pueblos, y traerán en brazos a tus hijos y a tus hijas sobre sus hombros. Y serán reyes tus ayos y reinas tus nodrizas. Y rostro en tierra, te adorarán y lamerán el polvo de tus pasos, y sabrás que yo soy el Señor, y sobre esto no se confundirán los que esperan en El. A los que te juzgaron yo juzgaré, y a tus hijos yo salvaré. Y cebaré a tus enemigos con sus propias carnes y se embriagarán con su propia sangre. Y todo el mundo sabrá que yo soy el Señor que te salva". ¿A quién te compararé si no es al varón que encuentra un tesoro escondido en un campo, el cual, con la alegría del mismo, vende todas sus cosas y compra dicho campo?. También te compararé al negociante que busca buenas perlas, y cuando ha encontrado una de gran valor, se deshace de todas sus cosas y la compra. ¿Qué diste, pues, y qué recibiste?. Por cierto te has dado a ti misma, y recibiste ya la perla que brilla en el cielo. Te diste a ti misma demoliendo los ídolos y construyendo la iglesia, y recibiste la virtud apostólica guardándola en ella. Mejor es tu adquisición que el negocio de plata o de oro purísimo. El fruto de tu adquisición es de más precio que todas las riquezas y todo lo deseable no puede compararse con éste. Sus caminos son caminos bellos y todas sus sendas son pacíficas. De esta venida de salud te exhorta a regocijarte San Fortunato, brillante poeta, confesor de Cristo y obispo, que dijo un día en el libro de sus loas divinas:

 

  Gentes gallegas, cantad vuestras nuevas canciones a Cristo;

  De que Santiago venga dadle las gracias a Dios.

 

  Viene a la grey su esperanza y el padre y amante del pueblo:

  Que las ovejas gocen con el pastor que les dan.

 

  Bajo su guía la grey pacerá por los pastos sagrados,

  Aprovechando frutos de celestial simiente.

 

  Y cuidará de los puros rediles del buen Jesucristo,

  Porque serían presa de los rapaces lobos.

 

Con vigilante atención regirá el establo sin mancha,

Para que no padezca ni una rapiña su grey.

 

Defenderá los corderos de hermoso vellón encerrados,

Y las maduras uvas le prestarán belleza.

 

  Para llenar las bodegas del cielo con su eterno fruto,

  De donde viva fuente fluya y las almas beban.

 

  No las castigue la sed, que calmar con un dedo mojado

  Tanto anhelaba el rico cuando pedía ayuda.

 

  Mas a gozar las delicias del seno de Abraham sus ovejas,

  Entre sus propios brazos conducirá el pastor.

 

  Y duplicando el talento que tuvo muy bien a su cargo,

  Al verdadero goce de su Señor entrará.

 

  Y coronado con el galardón de sus méritos, digno,

  En el palacio obtendrá puesto, soldado del Rey.

 

  Ruega, pues, pueblo de Galicia, con nos al Apóstol del Señor, para que a su venerable maestro Cristo Rey, que se sienta en el cielo suplicándole constantemente por nuestros cotidianos delitos, interceda para que podamos despreciar lo terreno y amar lo celestial, para tener como abogado en el último día al que creemos que se ha de sentar sobre el duodécimo asiento y que ha de juzgar a las doce tribus de Israel, para que merezcamos ser colocados con él, concediéndonoslo el Señor.

 

  ¡Oh, bienaventurado Santiago el Mayor, amado de Cristo, hijo del Zebedeo, hermano de San Juan Evangelista, que con el Señor reinas felizmente en el alcázar del cielo, cuyo templo enorme se asienta en Galicia, que a los que te piden das la salud!: haz que los que te invocan y en ti confían sientan que te tienen siempre como intercesor en todas sus necesidades ante el Señor de los cielos. Seas el custodio de nuestras almas en el día de nuestra muerte, ¡oh abogado de los peregrinos!.

 

  Santiago, amantísimo entre todos los santos, que no sólo dejaste lo que tenías, sino lo que podías tener, por el Señor, cuando te llamó en las orillas del mar de Galilea: haz, pues, te lo rogamos por tus fecundos méritos, que desechemos todo lo que desagrada al Señor y que hagamos con entera virtud lo que le agrada, para merecer ser partícipes contigo de la gloria eterna. Tú que ante Dios hiciste muchos prodigios, iluminando a los ciegos, corrigiendo a los que yerran, resucitando a los muertos, ilumina con tus méritos la ceguera de nuestros corazones, rompiendo los vínculos de nuestra maldad. Pues el Señor te demostró tanto aprecio, que cuando resucitó a la hija del archisinagogo te introdujo honoríficamente en la casa, no dejando entrar a otros, para mostrarte un milagro venerando. Por eso nos acogemos bajo la tutela de tu santidad para que con tu intervención gloriosa nos resucites de la muerte del alma y nos consigas de Dios un buen espíritu para resistir a los vicios y a las concupiscencias, de suerte que el mismo que nos perdona nos conceda llorar los pasados delitos, para no repetirlos jamás. Tú fuiste digno de subir con el Señor al monte Tabor, y de ver su transfiguración, y de oír la voz admirable de Dios Padre y de ver la inmensa claridad de su divinidad, lo cual a nadie jamás le fue dado ver; por ello, ¡oh ínclito Apóstol!, imploramos tu santidad para que nos concedas con tus preces ascender del valle de los vicios al monte de las virtudes, para merecer gozar de la eterna claridad juntamente contigo en la resurrección que tú viste simbólicamente en el monte Tabor. Tú, que por la espada de Herodes llegaste al tálamo estrellado, en compañía de los ángeles, consíguenos el consuelo en la tribulación, en todo tiempo la fortaleza contra la tentación, para que merezcamos vencer al adversario. Tú eres honra de los españoles, refugio de los pobres, fortaleza de los débiles, consuelo de los atribulados, salud de los peregrinos, pescador de almas, ojo de los ciegos, pie de los cojos, mano de los mancos, tutor de los navegantes que te invocan, mediador de los pueblos, padre de todos, destructor de los vicios, edificador de los pueblos, padre de todos, destructor de los vicios, edificador de las virtudes; te pedimos con el corazón humilde que apagues con tu piadosa intercesión los incendios de nuestros vicios y que enciendas el fervor de la castidad, de la caridad y de las demás virtudes en nosotros. Todos creemos que con tus preces seremos ayudados en cualquier necesidad por la que a ti clamemos, pues sabemos bien que fácilmente consigues lo que pides a Dios. El te ha concedido este don especial de que todos los pueblos extranjeros, de todos los climas del mundo, cantando alabanzas al Señor, vengan a visitarte con regalos; es más, se hace el camino desde la Dacia y desde la Etiopía hasta Galicia, en busca de penitencia y para salud de los pecadores por tu mediación.

 

  Así, describiéndolo el Profeta, lo vaticinó diciendo: "Las naciones desde lejos a ti vendrán, y trayendo regalos adorarán al Señor en ti y tu tierra tendrán en santificación. Nombre grande invocarán en ti". Y luego después dice: "Tú te alegrarás en tus hijos, porque todos serán bendecidos y todos se congregarán alrededor de ti. Bienaventurados todos los que te aman y los que se regocijan con tu paz". Así dice el Señor por boca de Isaías: "Los trabajadores de Egipto y los mercaderes de Etiopía y los altos varones sabeos pasarán a ti y serán tuyos. Irán detrás de ti y caminarán esposados, y en ti adorarán al Señor y te suplicarán. Solamente en ti está Dios".

 

  Santiago, hermano precioso del virgíneo San Juan, que a Hermógenes, antes feroz, convertiste de los vicios del mundo al servicio del Omnipotente, ruega por nosotros con continua oración. Santiago, esperanza de los siervos y medicina de los tuyos, acoge compasivo las piadosas oraciones de tus siervos. Da a los tuyos la vida por tanto tiempo apetecida, para que en los altos castros merezcamos estar en los astros.

 

  Acuérdate, pues, padre el más espléndido, de tus hijos por todos los siglos, y no dejes de orar por los peregrinos que te invocan, a fin de que libres de todas las angustias merezcamos poseer contigo el Reino eterno de los Cielos. Lo cual se digne concedernos el mismo Jesucristo nuestro Señor, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina como Dios por los siglos infinitos de los siglos. Amén.

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                                                               delhommeb at wanadoo.fr - 05/01/2013