Codex Calixtinus : Libro Segundo - Capítulo XVII (es)

 

                                                                                CAPÍTULO XVII

 

                            GRAN MILAGRO DE SANTIAGO EXPUESTO POR SAN ANSELMO,

                                                           ARZOBISPO DE CANTERBURY

 

  Cerca de la ciudad de Lyon hay una aldea en la que moraba cierto joven llamado Giraldo que formado en el oficio de peletero vivía con el justo trabajo de sus manos y sustentaba a su madre, muerto ya su padre.

 

  Amaba con pasión a Santiago a cuyo sepulcro solía acudir todos los años para hacer su ofrenda. No tenía mujer, sino que viviendo solo con su anciana madre llevaba vida casta. Pero después de algún tiempo de continencia, vencida al fin una vez por el placer de la carne, fornicó con una jovenzuela. A la mañana siguiente, pues ya tenía dispuesta su peregrinación, emprendió el viaje a Santiago de Galicia con dos vecinos suyos y llevando consigo un borrico. Y yendo de camino encontraron a un mendigo que también iba a Santiago, al que por compañía y más aún por amor al Apóstol llevaron con ellos dándole los alimentos necesarios.

 

  Así marchando hicieron juntos y contentos varias jornadas. Mas el diablo envidiando la pacífica y buena compañía, se acercó ocultamente en figura humana bastante honesta al joven que había fornicado en su tierra y le dijo: «Sabes quién soy?» «No», contestó éste. Y añadió el demonio: «Soy el apóstol Santiago a quien desde hace largotiempo sueles visitar y honrar todos lo años con tus ofrendas. Has de saber que estaba muy contento contigo, porque esperaba ciertamente muy bien de ti. Mas hace poco, antes de salir de tu casa fornicaste con mujer y desde entonces no te has arrepentido de ello ni has querido confesarlo. Y así te pusiste en camino con tu pecado como si tu peregrinación fuese grata a Dios y a mí. No es eso lo que debe ser. Pues todo el que por mi amor quere peregrinar debe manifestar antes sus pecados en una humilde confesión y hacer luego penitencia de ellos pereginando. Y de quien obre de otro modo la peregrinación será mal vista.»

 

  Dicho esto se devaneció de la vista del joven el cual empezó a contristarse con lo oído y a formar intención de volver a casa, confesarse con su cura y regresar luego por el mismo camino. Pero mientra pensaba para sí esto, en la misma forma con que había aparecido antes vino el demonio y le dijo: «Qué es lo que piensas en tus adentros, volver a tu casa y hacer penitencia para tornar después a mí má dignament? Crees que un pecado tan grande puede borrarse con tus ayunos o tus lágrimas? Estás muy errado, cree en mis consejos y te salvarás. Pues de otro modo no podrás salvarte.

 

  Aunque hayas pecado, yo sin embargo te amo y por esto he venido a ti, para darte un consejo tal que puedas salvarte con él si quieres creerme.» A esto contestó el peregrino: «Así pensaba, como dices; pero puesto que afirmas que no me aprovechará para la salvación, dime lo que te place para que pueda salvarme y de buena gana lo cumpliré.» Y añadió aquél: «Si deseas limpiarte totalmente de tu culpa, córtate en seguida las partes viriles con las que pecaste.» Aterrado por este consejo dijo el joven: «Si hago lo que me aconsejas no podré vivir. Y se un suicida, lo cual he oído muchas veces que es condenable ante Dios.»

 

  Entonces repuso el demonio riendo: «Oh tonto, qué poco sabes de lo que puede aprovechar a tu salvación. Si de tal forma murieses, sin duda pasarás a mí, porque castigando tu culpa serás mártir. Oh si fuese tan sabio que no dudases en matarte a ti mismo, yo vendría al momento con una multitud de compañeros míos y recibiría contento a tu alma para que permaneciera conmigo. Yo, agregó, soy el apóstol Santigo que me cuido de ti; haz como he dicho siquieres venir a reunirte conmigo y hallar remedio para tu culpa.» Dicho lo cual el sencillo peregrino se animó a llevar a cabo la fechoría y por la noche cuando dormían sus compañeros sacó un cuchillo y se amputó las partes viriles. Y vuelta luego la mano alzó el hierro y echándol contra su punta se traspasó el vientre.

 

  Como la sangre brotaba abundante y él hizo ruido al agitarse, despertaron sus compañeros y le llamaron y preguntaron qué tenía. Y como no les diera respuesta, ya que agonizando daba los últimos suspiros, se levantan a prisa consternado, encienden luces y encuentran al compañero medio muerto y sin poder y responderles.

 

  Asombrados por ello y a la vez grandemente atemorizados de que pudiera imputárseles la muerte de aquél, si por la mañana se hallaban en el mismo lugar, emprenden la huída y le dejan revolcado en su sangre, y al asno y al pobre a quien daban de comer. Por la mañana cuando se levantó la familia de la casa y halló al muerto, no sabiendo de cierto a quién atribuir su muerte, llaman a los vecinos y lo llevan a la iglesia para enterrarle. Lo depositan a la puerta mientra preparan la fosa, porque seguía echando sangre. Mas sin tardar mucho el muerto volvió en sí y se sentó en el lecho fúnebre. Y al ver esto los presentes huyen aterrados y gritando.

 

  A los gritos acuden las gentes alarmadas, preguntas qu é pasa y oyen que un muerto ha vuelto a la vida. Y habiéndose acercado a él y comenzado a hablarle, contó ante todos con palab ra expedita lo que le había ocurrido diciendo: «Yo a quien veis resucitado de la muerte amé desde la infancia a Santiago y tenía costumbre de servirle en cuanto pude. Pero ahora que había tederminado ir a su sepulcro había llegado hasta este lugar, vino el diablo y me engañó diciendo que era Santiago--y todo en el orden en que se ha dicho lo expuso públicamente, y añadió: Después que me quité la vida y mi alma fué expulsada del cuerpo, vino a mí el mismo maligno espíritu que me mabía engañado trayendo consigo un gran tropel de demonios. Y al instante me arrebataron sin compasión y llorando y dando lastimeras voces me llevaron a los tormentos.

 

  En su marcha, se dirigieron hacia Roma. Pero cuando llegamos a un bosque situado entre la ciudad y el pueblo que se llama Labicano, Santiago que venía siguiéndonos llegó volando a y apresando a los demonios dijo: De dónde venís y adónde vais? Y contestaron ellos: Eh, Santiago, a la verdad aquí nada te toca. Pues nos ha creído tanto que se mató a sí mismo. Nosotros le persuadimos, nosotros le engañamos, a nosotros no pertenece. Mas él replicó: Nada respondéis de lo que os pregunto, sino que os jactáis y alegráis de haber engañado a un cristiano. Pero tendréis mala recompensa, porque es un peregrino mío ese de cuya posesión os jactáis. A lo menos no le llevaréis impunemente. Y me parecía Santiago joven y de aspecto gracioso, delgado y de colo quebrado, vulgarmente dicho moreno.

 

  Así, pues, obligados por él llegamos a Roma, donde junto a la iglesia de San Pedro Apóstol había un lugar verde y espacioso en la llanura del aire, al que muchedumbre innumerable de santos había venido a una asamblea. La presidía la venerable Señor Madre de dios y siempre virgen María y estaban sentados a derecha e ezquierda de ella muchos e ilustre próceres. Yo me puse a contemplrarla con el corazón muy conmovido, pues jamás en mi vida vi tan hermosa criatura.

 

  No era alta, sino de mediana estatura, de bellísima cara, de aspecto deleitable. Ante ella se presentó en seguida el santo Apóstol, mi piadosísimo abogado, y delante de todos clamó de qué manera me había vencido la falacia de Satán. Y ella volviéndose al punto a los demonios dijo: «Ah desagraciado, qué buscabais en un peregrino de mi Señor e Hijo y de Santiago su leal? Y podría bastaros con vuestra pena sin necesidad de aumentarla por vuestra maldad.

 

  Después de hablar la Virgen santísima volvió sus ojos hacia mí con clemencia. Entonces dominados los demonions por un gran temor al decir todos los que presidían la asamblea que habían obrado injustamente contra el Apóstol engañándome, mandó la Señor que se me volviese al cuerpo. Tomándome, pues, Santiago me restituyó inmediatamente a este lugar. De esta manera he muerto y he resucitado».

 

  Oyendo esto los moradores del lugar se regocijaron profundamente y en seguida le llevaron a sus casa y le tuvieron consigo dres días dándole a conocer y señalándole como en quien Dios había obrado cosa tan insólita y admirable por mediación de Santiago. Porque sus herida sanaron sin tardanza quedando sólo cicatrices en su lugar. Y en el de las partes genitales le creció la carne como una verruga, por la que orinaba.

 

  Terminados los días que le retuvieron por alegría los habitnates de aquel lugar, preparón su borrico y con su compañero el pobre que había recogido en el camino reanudó su viaje. Mas cuando y llegaba cerca del sepulcro de Santiago, hete aquí que los compañeros que le había dejado y que ya regresaban se encontraron con él.

 

  Y cuando éstos desde lejos todavía vieron a los dos que arreaban el asno, se dijero entre sí: «Aquellos hombre se parecen a los compañeros que dejamos, uno muerto y otro vivo. Y el animal que arrean tampoco se diferencia, por lo que se ve, del que quedó con ellos. Pero luego que se acercaron y se reconocieron mutuamente, al saber lo que había pasado se alegraron sobremanera. Y habiendo vuelto a su tierra contaron todo lo ocurrido.

 

  Mas el resucitado, después de regresar de Santiago, confirmó de hecho lo que sus compañeros ya habían contado. Porque lo divulgó por todas partes como queda expuesto, enseño las cicatrices y hasta dejó ver a muchos que así lo deseaban lo del sitio más secreto. El reverendísimo Hugo, santo abad de Cluny, vió con otros mucho a este hombre y todos los signos de su muerte, y afirmó haberlo visto con frecuencia por admiración, según se ha contado. Y nosotros por amor del Apóstol para que no se borrase el recuerdo lo confiamos a la escritura, ordenando a todos que en todas las iglesias celebren con dignos oficios la festividad de tan gran milagro y de los demás de Santiago el día tres de octubre. Sea, pues, para el Rey de reyes, que se dignó realizar tales y tan grandes cosas por su amado Santiago, el honor y la goria por los siglos de los siglos. Así sea.

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                                                          delhommeb at wanadoo.fr - 05/01/2013