Codex Calixtinus : Libro Segundo - Capítulo IX (es)

 

                                                                                      CAPÍTULO IX

 

                                  MILAGRO DE SANTIAGO EXPUESTO POR EL PAPA CALIXTO

 

  En el año mil ciento tres de la encarnación del Señor, cierto ilustre caballero de linaje francés, famosísimo en Tabaria, en tierras de Jerusalén, hizo voto de ir al sepulcro del apóstol Santiago, si éste le daba fuerza para vencer y destruir a lso turcos en la guerra. Y tanto poder le confirió el Apóstol por concesión de Dios, que venció a todos los sarracenos que con él combatieron. MAs como todo hombre se dice que es falso, el caballero da al olvido lo que había ofrecido al Apóstol; por lo cual cayó merecidamente enfermo de muerte. Así, pues, cuando por su enfermedad no podía ya hablar, se apareció Santiago a su escudero en éxtasis, diciéndole que si su señor cumpliese lo que había prometido el Apóstol, tendría en seguida remedio. El caballero, al saber esto de labios de su escudero, hizo al momento seña con la mano a los sacerdotes que estaban presentes para que le diesen el báculo de peregrino y el morral bendito. Y recibido esto, escapó a la enfermedad que le dominaba y al punto emprendió el viaje a Santiago, una vez provisto de los necesario.

 

  Estando ya embarcado, una terrible tempestad vino a poner la nave en peligro, tanto que interrumpiendo ya en ella las olas del mar, todos los pasjeros quedaban ahegados. Inmediatamente todos los peregrinos, clamando a una voz: "Santiago, ayúdanos", prometieron ir unos a su sepulcro y ofrecieron otros dar cada cual una moneda para la obra de su basílica. Y habiendo recogido en seguida estas monedas dicho caballero, se les apareció al momento en la nave el santo Apóstol en forma humana, y en su angustia les dijo: "No temáis, hios míos, pues aquí estoy yo, a quien llamáis. Tened confianza en Cristo y os vendrá la salvación ahora y en adelante". Y ensguida eél mismo bajo las cuerdas de la vela, echó las anclas, calmó la nave y dió ordenes a la tempestad, y apaciguado al punto el mar, desapareció. Tenía él una figura tal, a saber, agradable y distinguida, como ninguno de ellos antes ni después creía haber visto. Esto fué realizado por el Señor y es admirable a nuestro ver. Luego, con un viaje tranquilo, el barco llegó al puerto deseado, en Apulia, con los peregrinos, a la basílica de Santiago en tierras de Galicia, y hechó en el arca del santo para la obra de su iglesia la colecta de dinero que había hecho. Honor y gloria al Rey de reyes por los siglos de los siglos. Así sea.       

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                                                      delhommeb at wanadoo.fr - 05/01/2013