Codex Calixtinus : Libro Cuarto - Capítulo XXI.3 (es)

 

                                                      [ROLDÁN TOCA SU TROMPA.

                                                    ROLDÁN MUERE CONFESADO]

                

  Después comenzó a atronar el espacio con los fuertes sonidos de su trompa, por si se le reunían algunos de los cristianos que por temor a los sarracenos se escondían en los bosques, o por si acaso regresaban a su lado los que ya habían pasado los puertos y asistían a su muerte, se hacían cargo de su espada y su caballo y perseguían a los sarracenos para combatirlos. Entonces tocó su trompa de marfil con tal ardor y tanta fuerza, que se cuenta que la trompa se rajó por la mitad con la violencia de su soplido y se le rompieron las venas y los nervios del cuello. Y su sonido llegó entonces, conducido por los ángeles, hasta los oídos de Carlomagno, que con su ejército se había detenido en Valcarlos, lugar que distaba de Roldán ocho millas hacia Gascuña. Carlomagno quiso regresar en seguida a su lado para auxiliarle, pero Ganelón, cómplice de la muerte de Roldán, le dijo: No vuelvas atrás, mi rey y señor, pues Roldán acostumbra a tocar la trompa todos los días por cualquier cosa. Ten la seguridad de que ahora no necesita de tu auxilio, sino que por afición a la caza camina Roldán persiguiendo alguna fiera por los bosques y tocando su trompa. ¡Oh! engañosa respuesta ! ¡Oh malvado consejo de Ganelón, comparable a la traición del traidor Judas ! Y como yaciese Rolando sobre la hierba de un prado y desease de modo indecible un arroyuelo donde aplacar su sed, al llegar Balduino le indicó que le trajese agua. Y éste, como buscase agua por todas partes y no la encontrase, viéndole próximo a la muerte le bendijo y, temiendo caer en manos de los sarracenos, montó en su caballo y, abandonándoles, marchó tras el ejército de Carlomagno. Y al marcharse aquél, llegó en seguida Tedrico, y comenzó a llorarle mucho, diciéndole que fortaleciese su alma con la fe de la confesión.

 

  Roldán había recibido de un sacerdote aquel mismo día, antes de entrar en combate, la Eucaristía y la absolución de sus pecados. Pues había la costumbre de que todos los luchadores fortaleciesen sus almas con la Eucaristía y la confesión recibidas de manos de los sacerdotes, obispos y monjes que allí estaban, en combate. Entonces, elevando los ojos al cielo, Rolando, mártir de Cristo, dijo:

 

- Señor mío Jesucristo, por cuya fe abandoné mi patria, vine a estas bárbaras tierras para exaltar la cristiandad, gané, protegido con tu auxilio, muchas batallas a los infieles y soporté innumerables golpes, desdichas, muchas heridas, oprobios, burlas, fatigas, calores, fríos, hambre, sed y ansiedades: en esta hora te encomiendo mi alma. Como por mí te has dignado nacer de Virgen, padecer en la cruz, morir, ser sepultado, resucitar de los infiernos al tercer día, y como quisiste subir a los cielos, que nunca abandonaste con la presencia real de tu espíritu, así también dígnate librar mi alma de la muerte eterna. Yo confieso que soy reo y pecador, más de lo que decirse puede; peró Tú que eres clementísimo dispensador de todos los pecados y que te compadeces de todos y nada de lo que hiciste odias, y que, disimulando los pecados de los hombres que a Ti vuelven, das eternamente al olvido los crímenes del pecador el día en que se vuelve a Ti y se arrepiente; Tú, que perdonaste a los ninivitas, dejaste marchar a la mujer cogida en adulterio, perdonaste a la Magdalena y ante las lágrimas de Pedro lo absolviste, y al confesar el buen ladrón le abriste las puertas del paraíso, no me deniegues a mí el perdón de mis pecados. Perdona cuanto de pecaminoso hay en mí y dignate a reconfortar mi alma con el descanso eterno. Pues Tú eres Aquel para quien nuestros cuerpos al morir no perecen, sino que cambian en algo mejor; quien separas nuestra alma del cuerpo y la envías a mejor vida, quien dijiste que prefieres la vida del pecador a su muerte. Creo íntimamente y públicamente confieso que quieres sacar a mi alma de esta vida para, después de mi muerte, hacerla vivir en otra mejor. Tendrá, en verdad, mejores sentidos e inteligencia que ahora. En el cielo poseera tanto mejores cualidades cuanto la sombra difiere del hombre.

 

  Luego se cogió con sus manos la propia carne a la altura de su pecho y de su corazón, como el mismo Tedrico contó después, y comenzó a decir con lacrimosos gemidos:

 

- Señor mío Jesucristo, Hijo de Dios vivo y de Santa María Virgen, de todo corazón confieso y creo que Tú, Redentor mío, vives, y que el último día resucitaré de la tierra, y que con esta misma carne te veré, Dios y Salvador mío.

 

  Y agarrando firmemente con las manos su carne aún lacerandosela, dijo por tres veces:

 

- Y con esta misma carne veré a mi Dios y Salvador. Y se puso las manos sobre los ojos, y de igual manera dijo tres veces:

 

- Y estos mismos ojos le verán. Y abriéndolos de nuevo comenzó a mirar el cielo, a fortalecer todos sus miembros y su pecho con la señal de la santa cruz, y a decir :

 

- Todo lo terrenal pierde valor para mí; pues ahora, con la gracia de Dios, veo lo que el ojo no alcanza ni el oído percibe y no llega al corazón del hombre; lo que Dios preparó para los que le aman.

 

  Por último, elevando sus manos al Señor, pidió también por los que murieron en el referido combate, diciendo:

 

- Muévase tu misericordia, Señor, por tus fieles que hoy han muerto en combate. Desde lejanas partes vinieron a estas tierras bárbaras para combatir al pueblo infiel, exaltar tu santo nombre, vengar tu preciosa sangre y declarar tu fe. Ahora, pues, yacen muertos por ti a manos de los sarracenos; peró tú, Señor, limpia clementemente sus manchas y dígnate arrancar sus almas de los tormentos del infierno. Envíales tus santos arcángeles para que saquen sus almas del lugar de las tinieblas y las lleven al reino celestial para que con tus santos mártires puedan reinar eternamente contigo, que vives y reinas con Dios Padre y Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Así sea.

 

  Y en seguida, mientras se alejaba Tedrico, con esta confesión y estas preces, el alma feliz del bienaventurado mártir Rolando salió de su cuerpo y fué transportada por los ángeles al eterno descanso, donde reina y goza para siempre, unida por la dignidad de sus méritos a los coros de santos mártires. 

    

  retour à Codex IV. es

  home

                                                                       06/01/2013

delhommeb at wanadoo.fr