Codex Calixtinus : Libro Cuarto - Capítulo XX (es)

 

                                                                 CAPÍTULO XX

 

  Y era el rey Carlomagno de pelo castaño, faz bermeja, cuerpo proporcionado y hermoso, pero de terrible mirada. Su estatura medía ocho pies, pero suyos, que eran muy largos. Era anchísimo de hombros, proporcionado de cintura y vientre, de brazos y piernas gruesos, de miembros muy fuertes todos ellos, soldado arrojadísimo y muy diestro en el combate. Su cara tenía palmo y medio de longitud, uno su barba y casi medio la nariz. Y su frente media un pie y sus ojos, semejantes a los del león, brillaban como ascuas. Sus cejas medían medio palmo. Cualquier hombre a quien él en un rapto de ira mirase con sus abiertos ojos, quedaba instantáneamente aterrorizado. Nadie podía estar tranquilo ante su tribunal, si él le miraba con sus penetrantes ojos. El cinturon con que se ceñía tenía extendido ocho palmos, sin contar lo que colgaba. Tomaba poco pan en la comida, pero se comía la cuarta parte de un carnero o dos gallinas o un ganso, o bien un lomo de cerdo o un pavo o una grulla o una liebre entera. Bebía poco vino, sino, sobriamente, agua. Tenía tal fuerza que co su espada partía de un solo tajo a un caballero armado, enemigo suyo se entiende, montando a caballo, desde la cabeza hasta la silla juntamente con su cabalgadura. Enderezaba sin esfuerzo con sus manos cuatro herraduras al mismo tiempo. Levantaba rápidamente desde el suelo hasta su cabeza con una sola mano a un caballero armado y colocado de pie sobre la palma. Y era muy espléndido en sus mercedes, muy recto en sus juicios, elocuente en sus palabras. Mientras estuvo en España su corte principalmente, sólo en cuatro solemnidades al año llevaba la corona real y el cetro, a saber: el día de Navidad, el de Pascua y el de Pentecostés, y el día de Santiago. Delante de su trono se ponía una espada desnuda, a la manera imperial.

 

  Cada noche había siempre alrededor de su lecho ciento veinte esforzados cristianos para guardarle, cuarenta de los cuales, a saber, diez a la cabecera, diez a los pies, dies a la derecha y otros diez a la izquierda, hacían la vela al principio de la noche, teniendo la espada desnuda en la mano derecha y un cirio encendido en la izquierda. De igual manera hacían la segunda guardia otros cuarenta. E igualmente otros cuarenta hacían la tercera vela de la noche, mientras los demás dormían.

 

  Quiza a alguien le guste oír con más detalle sus grandes gestas, pero contarlas es para mí grande y abrumadora empresa. No puedo describir como Galafre, emir de Toledo, le armó caballero en el palacio de Toledo cuando en su niñez estaba desterrado en dicha ciudad y cómo después el mismo Carlomagno, por amistad hacia el citado Galafre, mató en combate a Bramante, grande y soberbio rey de los sarracenos, enemigo de Galafre, y cómo conquistó diversas tierras y las ciudades que las embellecían, y las sometió al nombre de Dios, y como estableció por el mundo muchas abadías e iglesias y cómo colocó en arcas de oro y plata los cuerpos y reliquias de muchos santos sacándolos de sus sepultura, y como se trajo consigo el madero de la cruz que repartió entre muchas iglesias. Antes se agotan la mano y la pluma que su historia. Sin embargo, voy a decir brevemente cómo volvió de España a la Galia, después de la liberación de la tierra gallega.

    

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                                                                       06/01/2013

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