Codex Calixtinus : Libro Primero - Capítulo XIV (es)

 

                                                                 CAPÍTULO XIV

 

                                                                  30 DE JULIO,

                                       DÍA SEXTO DE LA OCTAVA DE SANTIAGO

 

  LECCIÓN DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS. En aquel entonces se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, diciéndole: "Maestro, queremos que nos hagas lo que te vamos a pedir". Díjoles El: "¿Qué queréis que os haga?". Y respondieron: "Concédenos que nos sentemos el uno a tu derecha y el otro a tu izquierda en tu gloria", etc.

 

  HOMILÍA DEL PAPA SAN GREGORIO SOBRE ESTA LECCIÓN. Puesto que el natalicio de Santiago, apóstol y mártir, conmemoramos hoy, hermanos míos, en modo alguno debemos considerarnos ajenos a la virtud de su paciencia. Porque si con la ayuda el Señor procuramos conservar la virtud de la paciencia, viviremos en la paz de la Iglesia y lograremos la palma del martirio. Pues hay dos maneras de martirio, una de pensamiento y otra de pensamiento y de acción a la vez. De aquí que podamos ser mártires aunque no nos mate el hierro de ningún verdugo. Pues morir a manos de un perseguidor es un martirio de obra manifiesto. Pero soportar las ofensas, amar al que nos odia, es un martirio en el secreto del pensamiento. Y hay dos especies de martirio, uno secreto y otro público, lo atestigua la Verdad, que les pregunta a los hijos de Zebedeo: "¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?" A lo que habiendo respondido en seguida: "Podemos", el Señor les contestó al punto diciendo: "En verdad beberéis mi cáliz" Pero ¿qué entendemos por cáliz, sino el dolor de la pasión, del que dice en otro lugar: "Padre, si es posible, pase de mí este cáliz". Y los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, no murieron ambos como mártires, y , sin embargo, uno y otro oyeron que beberían el cáliz. Así que Juan, aunque no acabó su vida por martirio, sin embargo fue mártir. Porque la pasión que no sufrió en su cuerpo la llevó guardada en su espíritu. Y así nosotros, según este ejemplo, podemos ser mártires sin morir por el hierro si conservamos de veras la paciencia en el alma.

 

  No creo fuera de lugar, carísimos hermanos, si os expongo un edificante ejemplo de conservación de la paciencia. Vivió en nuestros días un hombre llamado Esteban, padre del monasterio fundado junto a los muros de la ciudad de Rieti, varón muy santo, singular en la virtud de la paciencia. Quedan muchos aún que le conocieron y cuentan su vida y su muerte. Era de lengua rústica, pero de sabia vida. Por amor de la patria celestial lo había despreciado todo, rehuía el poseer algo en este mundo, evitaba el bullicio humano. Estaba dedicado a frecuentes y prolijas oraciones, pero tenía la virtud de la paciencia desarrollada tan intensamente, que tenía por su amigo a quien le ocasionase alguna molestia. Daba gracias por las injurias. Si en aquella su pobreza le era inferido algún daño, lo miraba como un gran provecho. A todos sus adversarios los creía no otra cosa que auxiliares. Cuando el día de la muerte le apremiaba a salir del cuerpo, se habían reunido muchos para encomendar sus almas a un alma tan santa que iba a partir e este mundo. Y cuando los reunidos se hallaban todos en torno a su lecho, vieron unos con sus ojos corporales entrar ángeles, aunque nada pudieron decir. Otros no vieron nada absolutamente, pero de todos los que estaban presentes se apoderó n temor tan grande que nadie puedo permanecer allí al salir aquella santa alma. Tanto los que vieron como los que nada habían visto, huyeron todos despavoridos y aterrados con el mismo miedo. Y ninguno pudo estar presente al morir él.

 

  Pensad ahora, hermanos, qué terror infundirá Dios Todopoderoso cuando venga como riguroso Juez, si así atemoriza a los presentes cuando viene agradecido y recompensador. O bien cómo puede ser temido cuando pueda ser contemplado, si así consternó las almas de los circunstantes aun cuando no pudo ser visto. Y he ahí, carísimos hermanos, a qué cima de la retribución elevó a éste aquella paciencia observada en la paz de la Iglesia. ¿Qué le daría su Creador interiormente, cuando de ello tanta gloria nos exteriorizó en el día de su tránsito? ¿Con quiénes creemos reunido a éste, sino con los santos mártires, si consta que fue recibido por los sagrados espíritus aun por testimonio de ojos corporales?. Este no murió herido por ninguna espada y sin embargo recibió a su partida la corona de la paciencia que tuvo en su espíritu. Comprobamos a diario que es verdad lo que se dijo antes de ahora, que la Santa Iglesia, llena de las flores de los elegidos, tiene en la paz lirios y en la guerra rosas. Conviene saber además que la virtud de la paciencia suele ejercitarse de tres maneras, pues soportamos unas cosas que nos vienen de Dios, otras del viejo enemigo y otras del prójimo. Del prójimo sufrimos persecuciones, daños y ofensas; del viejo enemigo, tentaciones; de Dios calamidades. Mas en todas las tres formas debe la mente vigilarse con ojo atento, para no dejarse arrastrar frente a los males que nos vienen del prójimo, a retribuirlos con mal: frente a las tentaciones del enemigo, para no dejarse seducir a deleitarse y consentir en el pecado: frente a las calamidades que proceden del Creador, para no caer en una excesiva murmuración quejumbrosa. Porque el enemigo queda plenamente vencido cuando guardamos el pensamiento aun en medio de sus tentaciones, del deleite y del consentimiento, y en medio de las injurias del prójimo lo preservamos del odio, y lo reprimimos de murmurar en medio de las calamidades venidas de Dios. Y haciendo esto no pretendemos ser recompensados con bienes presentes, pues por el trabajo de la paciencia debemos esperar los bienes de la otra vida, para que comience el premio de nuestro esfuerzo cuando éste cesa por completo. Por eso dice el Salmista: "No ha de ser dado el pobre a perpetuo olvido, no ha de resultar al fin fallida la paciencia de los míseros". Pues como fallida vemos la paciencia de los pobres cuando nada se les da a cambio de ella a los humildes en esta vida. Pero la paciencia de los pobres no resulta fallida al final, porque entonces recibe su gloria, cuando a la vez se acaban todos los trabajos. Conservad, pues, hermanos, la paciencia en el espíritu y cuando la cosa lo exija ponedla en obra. Que a ninguno de vosotros le muevan al odio las palabras injuriosas del prójimo ni la alteren los perjuicios en las cosas perecederas. Porque si tenéis siempre en vuestro pensamiento los daños perdurables, no tendréis por graves los daños en las cosas pasajeras; si anheláis la gloria de la eterna recompensa, no os dolerán las injurias temporales.

 

  Soportad, pues, a vuestros adversarios, pero amando como hermanos a los que soportáis, y procurad premios eternos por los daños temporales. Y ninguno de vosotros confíe en poder realizar esto con sus fuerzas, mas alcanzad con oraciones que el mismo que esto manda os lo conceda. Pues sabemos que escucha de buena gana a quienes piden, cuando piden lo que le agrada dar con largueza. Cuando de continuo insiste uno en la oración, prontamente en la tentación recibe auxilio, por Jesucristo nuestro Señor que con El vive Soberano y reina Dios en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

 

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                                                                       01/12/2011

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