Codex Calixtinus : Libro Primero - Capítulo V (es)

 

                                                               CAPÍTULO V

 

                                         SERMÓN DEL SANTO PAPA CALIXTO

                                      EN LA PASIÓN DE SANTIAGO APÓSTOL,

                                       QUE SE CELEBRA EL DÍA 25 DE JULIO

 

  El día de la muy santa festividad del apóstol Santiago brilla hoy de nuevo para nuestra veneración, y en él debemos inmolar a Dios con votos e himnos un sacrificio de alabanza para que el piadoso dispensador de la indulgencia nos conceda el perdón, como dió al Apostol la palma de su vida. Porque fué Santiago, como afirma la narración evangélica, hijo de Zebedeo, hermano de Juan el Evangelista, gala de los hispanos, abogado de los gallegos, santo en la vida, magnífico en la virtud, ardiente en la caridad, hermoso en sus obras, luminoso en sus palabras. La divina providencia, no sólo le consagró en el seno de su madre, sino que le eligió antes de la creación del mundo para por medio de él mostrarle la luz de la verdad y para pastor de la piedad del pueblo español. Muy digno de veneración es Santiago, que teniendo la primacía en el ilustre colegio de los apóstoles mereció ser el primero de ellos en recibir la corona del martirio y subir a los cielos y el primero en poseer el cetro de la victoria, la corona de la gloria y asiento en el paraíso celestial. San Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, no dice que ninguno de ellos muriese antes que Santiago; pero además se lee que vivían los otros después de ser contada su pasión. Por eso hay que pensar que en el coro apostólico se sienta el primero, laureado por su martirio. Porque Cristo nuestro Señor, que reparte sus dones dando a cada cual lo que quiere, y que concedió a San Esteban protomártir el principado del coro de los mártires en el cielo y puso a San Pedro como príncipe de los apóstoles en la tierra en premio de su fe, también a su amado Santiago le ha dado la primacia de los apóstoles en los cielos por el primer triunfo de su martirio. Y por eso está tanto más próximo a El, honrado sobre los otros en la gloria, en cuanto fué su imitador antes que los demás apóstoles en la pasión. De esta pasión mandamos celebrar la sacrosanta solemnidad el día 25 de julio, con vigilia y ayuno y octava, a todas las iglesias, no solo de Galicia, sino en general a lo largo y a lo ancho de todo el orbe, y su elección y traslado el día 30 de diciembre, cómo fué elegido por el Señor junto al mar de Galilea y trasladado de Jerusalén a Galicia, y también la festividad de sus milagros el 3 de octubre, cómo resucitó a un hombre que se había suicidado e hizo los demás, y mnadamos a todos los obispos en sus sínodos y a los presbíteros en sus iglesias anunciar esto así de viva voz. Y no menos ordenamos que todo el pueblo se reúna en la iglesia con todo el clero, descansando de trabajos materiales, y pase dichos días en alabanzas a Cristo, con repiques de campana, con tapices, colgaduras y paños desplegados por la basílica; con cánticos repetidos como en las fiestas es costumbre para festejar tan santas solemnidades. Y si alguna basílica en algún lugar estuviera por acaso en etredicho, en nombre del Señor y del apóstol la absolvemos por esos días para que en ella se celebre solemnemente con gran júbilo el oficio divino con maitines y horas propias para todos los que vayan a oirlo. Para quienes así festejen estas solemnidades habrá premios y tormentos para los que se nieguen. Con razón deben, por tanto, celebrar así sus fiestas los que esperan sus beneficios, como festejan el día de los apóstoles San Pedro y San Pablo. Cante, pues, al Señor jubilosa la corte celestial himnos de alabanzas; alégrese la tierra con celeste gozo en esta sacra festividad del excelso apóstol de Cristo Santiago; felicítese la Iglesia de los fieles, honrada con sus virtudes; entone a Dios gozosas loas la mente humana, iluminada con su patrocinio. Sin duda es bueno que nosotros con toda devoción alabemos en la tierra a quien los ángeles honran en los cielos. Porque si todos los miembros de mi cuerpo se tornaran lenguas y cantaran con voz humana, no alabarían lo bastante a Santiago, grnade en Cristo. Pues ¿qué alabanzas diré de aquel que así que oyó la voz del Señor junto al mar de Galilea le siguió dejando todo? ¿Quién más santo que aquel que, constante en la fe, entregó por Cristo su cuerpo a los suplicios de la pasión, venciendo a Herodes? ¿Quién podría pregonar dignamente las glorias del que mereció ver al Hijo de Dios transfigurado en la claridad del Padre? "Bienaventurados -dice el Señor- los ojos que ven lo que veis, vosotros". ¿O qué alabanzas ha de darle en la tierra la falange de los fieles a quien Dios le concedió la primacía entre los apóstoles en los cielos? Porque así como el que entrando en un campo rebosante de variadas flores ve de golpe esta variedad y pasea de un lado a otro su mirada sin saber qué flores le conviene tomar y cuáles dejar, así yo ahora, al entrar en el prado de las virtudes y milagros del gran apóstol Santiago, dudo por dónde he de empezar a hablar; siento deseos de ir recogiendo las flores de sus hechos, mas como forman un mar inmenso, no me es posible reunirlas en breve espacio. Porque cuando miro las excelsas obras que realizó con otros dicípulos antes de la ascensión del Señor, presente Este, y la predilección en que le tuvo, me asombro. Y cuando examino las maravillas que después de la venida del Espiritú Santo Paráclito obró por la divina gracia antes de su pasión, me espanto. Pero cuando en el interior de mi corazón rememoro los innumerables e incomprensibles milagros que desde el dia de su muerte hasta hoy, no sólo en Galicia, sino en todos los pueblos que invocan su nombre, ha llevado a cabo por obra de Dios, y aun solamente los que yo he visto con mis ojos, me quedo por completo estupefacto. Mas como la autoridad de los evangelistas me mueve a decir primero lo que acerca de él se contiene en los Evangelios, esto explanaré con mis palabras.

 

  Veneremos todos en el Señor a Santiago, el hijo de Zebedeo, patrón de Galicia, que mereció ser venerado por nuestro Señor Jesucristo sobre todos los apóstoles y tiene el tercer lugar en la vocación y elección. Pues por elección, según San Mateo, tiene el tercer lugar, ya que pasando nuestro Salvador por junto al mar de Galilea llamó primero a Pedro y a Andrés, y habiendo avanzado un poco "vió a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y Juan, con su padre, Zebedeo, que remendaban sus redes, y les llamó diciendo: Venid, seguidme y os haré pescadores de hombres." ¡Oh admirable clemencia la del Redentor! De ignorantes hizo doctores, de perversos buenos, de necios sabios, de pescadores predicadores excelentes. ¡Oh gran misterio del Salvador! ¡Oh maravilloso premio, por el que pescadores de peces merecieron ser hecos pescadores de almas! Porque como Santiago y Juan fueron pescados por Jesús, ellos a su vez nos pescan con su predicación en la red de la fe. Los mismos apóstoles que fueron pescados por el Salvador nos han pescado a nosotros sacándonos de las aguas saladas donde están las cabezas del dragón. Porque estos pescadores los había prometido ya a los pùeblos rodeados de peligros en el mar de este mundo, el Restaurador del género humano antes de la encarnación de su Hijo, diciendo por el profeta Jeremías: " Yo os mandaré muchos pescadores." Con razón el Hijo llamó así y mandó pescar almas a los que el Padre había ya elegido. Felices, pues, los apóstoles que seguían a tan gran Maestro en persona; felices los que podían lucir en presencia del sol; felices aquellos a quienes fué dicho: "Seguidme", y dejando al instante a su padre y las redes y la barca, siguieron al Salvador. Y siguen al Señor, no sólo con los pies y con la imitación de los buenos actos. La verdadera fe noconoce el afecto de las cosas temporales, no conoce la consanguinidad, ignora al padre, y a la madre, niega toda causa de recusación. Al fin está escrito en la antigua Ley: "el que ha dicho a su padre y a su madre: "No te conozco", y a sus hermanos: "No sé quien sois", éstos han guardado mi palabra y han observado mi pacto", dice el Señor. Estos hermanos que vemos, por la gracia de Cristo dicen al padre, dicen a la madre, dicen a los hermanos, hermanas, hijos, amigos y a todos sus afectos: "No os conocemos. ¿Queréis que sepamos quiénes sois? Creed en nuestro Padre y empezaremos a teneros por hermanos de Padre. No conocemos al padre, no conocemos a la madre. Porque uno es el Padre que nos ha creado a todos. Nosotros conocemos al Padre. ¿Querési que también os conozcamos a vosotros? Conoced también vosotros al verdadero Padre para que seamos todos hermanos".

 

  Felices, pues, los apóstoles y felices también según el mundo. Porque Santiago y Juan, si no hubieran despreciado a sus padres, su nombre no sería hoy honrado como lo es. Si no los hubiesen despreciado no resonarían hoy ellos en tantas iglesias por el mundo. Si no hubieran despreciado a sus padres yo no los conocería como maestros. Si no hubieran dejado a su padre Santiago y Juan, yo no me dignaría tenerlos por hermanos. Pero dejaron cosas pequeñas y las hallaron grandes. Dejaron a un padre terrenal y le hallaron celestial, en el que vinieron a ser padres de todos los creyentes. Despreciaron la potestad de un padre de la tierra, pero recibieron la potestad de atar y desatar. Despreciaron una herencia terrena, pero se hicieron herederos de los cielos. Dejaron su casa en una aldea, mas fueron príncipes de las iglesias en todo el orbe. Despreciaron a sus conocidos y allegados, pero se crearon en todo el mundo hermanos e hijos. Abandonaron todo lo terrenal y encontraron todo lo celestial. Si, pues, dejaron todo y nada retuvieron para sí, ¿qué será de nosotros, que poseemos todo y dejamos tan poco?. Y hasta poseemos con el deseo lo que no tenemos como lo que tenemos. Porque Santiago y Juan, si no hubieran despreciado lo carnal no tendrían lo espiritual. Y asimismo nosotros no poseeremos en modo alguno los bienes celestiales si no abandonamos los carnales. Dejaron todas sus cosas y hallaron todas las prosperidades. Y aun en lo temporal nada les faltó, porque tenían con ellos al Dispensador de todos los bienes. Así, pues, nada faltará a los que dejaren todo si tienen a Dios consigo. Y lo atestigua El mismo, que preguntó así a sus discípulos: "Cuando os envié sin alforjas, ni bolsa, ni calzado, ¿qué os faltó?", y dijeron ellos: "Nada". Y en otra parte dijo: "Buscad primero el reino de Dios y todas estas cosas se os darán por añadidura". Porque el mismo Señor hizo todas las cosas, suyo es el mundo y El creó todo. Quien le tiene a El tiene también sus cosas. A quien tiene tan gran tesoro nada le falta. "Espera en el Señor –como dice el Salmista- y haz bien, y habita la tierra y serás alimentado con sus divinos manjares". Y en otro lugar: "Echa el cuidado de ti sobre el Señor y El te sustentará". Nada inquiete, pues, al cristiano ni piense en el día de mañana. "Porque a cada día le basta su afán". Alabemos, por tanto, al Señor y Salvador nuestro que eligió del mundo a los hermanos Santiago y Juan y los hace gozar en su reino. Esta es la verdadera hermandad que no pudo sufrir violencia entre las mudanzas del mundo, sino que abandonándolo todo se apresura a seguir las dichosas huellas del Redentor. Despreciando los bienes terrenales llegaron al reino celestial. Fueron hermanos en la tierra y hermanos son en los cielos; hermanos por el padre terrenal y hermanos en el Padre celestial. Son verdaderamente hermanos éstos a quienes eligió el Señor "en caridad sincera" y les concedió el reino celestial, porque por sus enseñanzas brilla la Iglesia como el sol y la luna. Resplandece como el sol en los contemplativos; como la luna, en los activos. Dos son también los luminares de la morada del cielo y dos los candelabros ardientes ante el Señor, cuya luz jamás se extinguirá por los siglos. El uno, sin duda, empurpurado por el martirio; el otro, en cambio, con la blancura de la confesión. Porque "a los que el Señor llamó, a ésos los justificó, y a los que justificó, a ésos los magnificó". Y los magnificó por cierto en las cosas celestiales, porque "demasiado son honrados tus amigos, ¡oh, Dios!". Así, pues, a este Santiago y a Juan, su hermano, cuando el Redentor en el monte imponía a sus discípulos los nombres más apropiados, según cuenta San Marcos, "los llamó Boanerges, lo cual es hijos del trueno". Porque como los ruidos del trueno resuenan en la tierra y la hacen retemblar, así resonó y se estremeció el mundo entero con sus voces cuando ellos "predicaron por todas partes con ayuda del Señor, que corroboraba sus palabras con las señales consiguientes". A este Santiago otorgó el Señor tanta gracia que le hizo ver su venerando cuerpo transfigurado en la gloria del Padre sobre el monte Tabor. Porque Santiago, amado del Señor, siendo con él testigos Pedro y Juan, contempló el rostro de Aquél resplandeciente como el sol y sus ropas brillantes como la nieve, y oyó al Padre que con El hablaba y que decía: "Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo mi complacencia: escuchadle". Y vio con El hablando a dos profetas, Moisés y Elías, de los que el uno había muerto muchos siglos antes y el otro había sido arrebatado al cielo. Y, ¡oh maravilla!, aparecieron vivos los que ya se contaban entre los muertos. La transfiguración de nuestro Salvador representa simbólicamente la futura resurrección y la vida eterna. La faz del Señor, que resplandeció como el sol, significa la gloria incomparable de los santos y la incalculable alegría que en el último día han de recibir. Por lo cual dice la Escritura: "Los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre". Su vestido, que brilló como la nieve, simboliza la inmortalidad de nuestro cuerpo, que hemos de recibir en la resurrección. Por eso dice San Pablo: "Es preciso que esto corruptible se revista de incorrupción y este ser mortal se revista de inmortalidad". La Ley antigua está expresada por Moisés y la profecía por Elías, y por los tres discípulos la nueva gracia que se tiene por la fe en la Trinidad. Así, pues, entre dos profetas y tres discípulos quiso nuestro clementísimo Redentor aparecer transfigurado como el sol esplendoroso, a fin de que la vieja Ley y la profecía y el Evangelio diesen testimonio en el mundo de su divinidad verdadera y de su humanidad asumida: para que "en la voz de dos o tres testigos se apoyase todo el Verbo", es decir, el que "se hizo carne y habitó entre nosotros". De Este dan también testimonio todos los profetas. El Tabor, que se traduce por luz que viene, o sea el monte al que llevó el Señor desde el valle a sus discípulos, alude al propio Unigénito de Dios, luz eterna que ha de venir al tiempo del juicio y que llevará a sus elegidos de la corrupción a la incorrupción, de la mortalidad a la inmortalidad, de lo más bajo a la excelsitud de los cielos, y hará que se regocijen en la futura resurrección con la claridad de su rostro: la que Santiago vio simbólicamente en el mismo monte. ¡Oh qué felices los ojos que vieron al Redentor de todos los santos transformado en el esplendor del Padre! ¡Oh merecimiento sublime el de los tres a quienes tocó ver en el mundo lo que al mundo no es dado! ¡Oh vaticinio de Isaías: "No se ofuscarán los ojos e los que verán al Señor"!. Sépase además que en aquel monte y lugar donde el Señor se transfiguró edificó el pueblo fiel, al crecer la religión cristiana, una basílica de admirable fábrica con el nombre del Salvador y en memoria de aquella transfiguración, y puso en ella observantes de la regla monástica. Cuentan también los habitantes del mismo que tanto resplandor lució el día de la transfiguración sobre el monte que una piedra que antes era negra apareció blanca como el alabastro hasta el día de hoy. Y de esta piedra los que viven en el lugar hacen con limas de hierro crucecitas que reciben de ellos los peregrinos al visitar aquellos sacrosantos lugares y en testimonio de la transfiguración del Señor se las llevan cuidadosamente colgadas del cuello al regresar a su patria. Y cuanta más piedra se corta para este menester tanta más se dice que aumenta al cabo del año. Muchos sanan untándose con vino puro en que se haya hervido una cruz de esta piedra. Feliz en extremo y grato a Dios Santiago, y aun de toda alabanza dignísimo, a quien el Padre celestial quiso mostrarle al Salvador del mundo, mortal todavía, transfigurado en la divinidad del Padre, lo cual no pudo ver jamás profeta o patriarca.

 

  Feliz el que mereció ver al Cristo prometido.

 

  Por eso mereció ser muy distinguido entre los otros por el Señor con el favor de un amor especial. Pues cuando nuestro eterno Amador, Redentor piadosísimo y Salvador resucitó a la hija del jefe de la sinagoga, no permitió que nadie le siguiera dentro de la casa, según San Marcos, para ver el milagro, fuera de este Santiago y otros dos discípulos. Porque El, que supo llevar consigo a los buenos al descanso eterno y apartar de sí a los ingratos, se dignó también mostrar este milagro a su querido amigo. ¡Oh gracia inefable del Salvador! ¡Oh veneranda actuación suya! Por ella el Artífice del mundo hizo ver restaurado a Santiago un vaso roto ya por una doble muerte. Además este Santiago, juntamente con su hermano Juan, pidió al Señor, cosa admirable, aquel don excelentísimo que ninguno de los otros discípulos o profetas antes o después se atrevió a pedir, como dice San Mateo, pues se acercó a Jesús la madre de los hijos del Zebedeo con sus hijos Santiago y Juan y postrándose pidió que pudieran sentarse en su gloria uno a su derecha y otro a su izquierda. Y ha de saberse que los hijos del Zebedeo recibieron la dignidad de sentarse junto a Cristo, más no con la diferencia que pedía la madre, que el uno se sentase a su izquierda en su reino y el otro a su derecha, porque está dicho que nadie ha de sentarse a la izquierda en el reino celestial cuando se lee que en el juicio final todos los elegidos han de ponerse a la diestra de Cristo. Además parece imposible que esté sentado alguien entre el Padre y el Hijo, ya que el Hijo lo está a la diestra del Padre y el Padre a la izquierda del Hijo. Así lo afirma San Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles, diciendo: "Y el Señor, Jesús, después que habló a sus discípulos, fue levantado al cielo y está sentado a la diestra de Dios". Y esto mismo atestigua San Esteban, que dice: "Estoy viendo los cielos abiertos y a Jesús en pie a la diestra de Dios". Pero si quieren entenderse en sentido místico la izquierda y la derecha de Cristo, es seguro que ellos se sentaron a su izquierda y a su derecha, pues por el asiento a la izquierda de Cristo se entiende místicamente en este pasaje la vida presente y por el asiento a su derecha la vida eterna. Porque así está escrito: "Lleva la longevidad en su diestra y en su izquierda la riqueza y los honores". En el asiento de la izquierda de Cristo está sentado todo el que en la vida presente desea dirigir dignamente al pueblo fiel. En el asiento de su derecha está sentado todo el que tiene un lugar de reposo en la vida eterna. Por tanto, los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan estuvieron ambos sentados temporalmente a la izquierda de Cristo, cuando en la vida presente dirigieron con apostólico gobierno a las gentes fieles; es decir, en el reino de la Santa Iglesia, de la cual dijo la misma Verdad: "El reino de Dios está dentro de vosotros". Pues por el reino de Dios se entiende la Iglesia, como en otra parte se dice por el mismo Hijo de Dios: "Enviará el Hijo del hombre a sus ángeles y recogerán de su reino todos los escándalos". Y a la diestra de Cristo, o sea en la eterna bienaventuranza, están ahora sentados Santiago y Juan probadamente, contemplando con los demás apóstoles la deseada faz del Señor, de donde se dice que vendrán el último día con El como jueces de todas las generaciones.

 

  Mas, una vez que hemos dicho de qué manera se han sentado a la izquierda y a la derecha de Cristo, veamos qué significa su madre, qué los mismos hijos y qué Zebedeo. Místicamente, esta madre venerable representa a la Iglesia presente, que por el agua santa de la regeneración vino a ser madre de dos hijos, o sea de dos pueblos, de los judíos y de los paganos, por los que acercándose al Señor rogó en un salmo diciendo: "Desde el cabo de la tierra clamé a Ti: cuando mi corazón se angustiaba a una peña me exaltaste". Del pueblo judaico vino a ser madre la Iglesia, porque muchos vinieron de él a la fe cristiana en otro tiempo, y entre ellos Pablo, que tiene asiento a la izquierda de Cristo, por dirigir al pueblo fiel pasado, presente y futuro con las enseñanzas de sus epístolas. Es madre la Iglesia del pueblo pagano porque muchos de él se convirtieron en otro tiempo a la fe del Señor por el bautismo, entre ellos Cornelio y otros. Por tanto, para estos hijos impetró de Cristo la Santa Madre Iglesia asiento a su izquierda, puesto que de ellos se instituyó obispos y sacerdotes para dirigir al pueblo fiel en la vida presente. Y también impetró asiento para ellos a la diestra del Señor, porque a los hijos que regeneró por la gracia del bautismo los hace ahora sentarse en la celestial bienaventuranza por la constancia de su fe y sus buenas obras. Su esposo es Zebedeo, que se traduce por hostia del Señor o bien el que abandona al diablo fugitivo. Y en este lugar simboliza al Esposo de la Iglesia, que se ofreció a sí mismo a Dios Padre como hostia viva en el ara de la cruz por nuestras culpas, y que también abandonó al diablo fugitivo y soberbio cuando le alejó de la comunidad de los ángeles buenos y cuando apareciendo en carne le echó del mundo diciendo: "Ahora el príncipe de este mundo será arrojado fuera". Mas Zebedeo, cuando se toma en mal sentido, se interpreta como el diablo fugitivo que abandona; pero cuando se toma en el bueno, como en este pasaje, cambiando la interpretación se traduce por el que abandona al diablo fugitivo. Hijo de este esposo es Juan, que significa gracia de Dios y representa figurativamente a los que conservan la gracia recibida en el bautismo hasta el fin de su vida por sus buenas obras. En los cuales es además la gracia de Dios tan abundante que no sólo se elevan a sí mismos a la mansión celestial, sino que también inflaman a otros aconsejando y obrando bien. De este esposo es también hijo Santiago el Mayor, que significa suplantador y consolador. Pues Iacob es suplantador y us, con aspiración hus, se traduce por consolador. Y muy bien es Santiago suplantador y consolador, porque a los que un día con su predicación arrancó de los vicios, con el consuelo del Espíritu Santo los confirmó en la fe de Cristo por la imposición de sus manos. Mas ahora, a quienes devotos le invocan de todo corazón con sus ruegos y auxilios ante Dios, suele arrancarlos de los males. Y a los que aleja de los vicios los corrobora en las santas virtudes por medio del mismo consuelo del Espíritu Santo. Y así como el labrador o el hortelano arranca de su huerto las hierbas inútiles y planta las buenas, lo mismo Santiago, labrador de Cristo, cortó en un tiempo con su predicación del campo de la Santa Iglesia los espinos y zarzas de los vicios, sembrando las rosas y azucenas de las virtudes, así representa simbólicamente a los que con penitencia y buen obrar suplantan los pecados de la carne. Pero ha de tenerse en cuenta que todos los que desean el reino de Dios han de tener necesariamente a estos hijos de Zebedeo. Porque si cada uno de nosotros no tuviere consigo a estos dos hermanos, de ningún modo poseerá el reino de Dios. Pues si no tuviéramos la gracia e Dios suplantáramos nuestros vicios, no tendremos en modo alguno la vida perdurable. Permaneciendo en nosotros la gracia de Dios tendremos a Juan, suplantando los vicios de la carne tendremos a Santiago. En estos dos hermanos están, por tanto, representados todos los santos que existieron desde el principio del mundo hasta el día de hoy. Todos tuvieron la gracia de Dios, todos suplantaron los pecados de su carne, mas se verá que antes nos conviene tener a Santiago y después a Juan. Pues si antes no suplantamos en nosotros los vicios, nunca tendremos la gracia de Dios, y Salomón lo dice: "Porque el Espíritu Santo de la disciplina huirá del engaño". Antes, pues, debemos suplantar las culpas de la carne para que merezcamos poseer la gracia de Dios. Porque primero Santiago, con su suplantación, limpia los templos de nuestros corazones y después Juan los engalana con la gracia divina. Pidamos que Santiago limpie ahora el templo de nuestro corazón para que habite en él la gracia de Dios. Si está, pues, escrito que Juan fue más amado del Señor que los demás y si se le sabe extraño al pecado de la carne y a la persecución de la espada, esto significa que la vida contemplativa es amada por el Señor y ajena a la corrupción de la carne y tranquila entre las adversidades. Y si lee que Santiago fue suplantador de los vicios y laureado con el martirio, esto indica que la vida activa debe suplantar los vicios, apartándolos de sí, y soportar las adversidades de la vida presente para que pueda ser coronada juntamente con la contemplación. Porque la vida activa se emplea unas veces en la paz y otras en la adversidad, pero la vida contemplativa se halla en la paz más que aquélla. Esto es lo que afirma el Señor cuando le habla a Marta, que se afanaba por servirle, y aludiendo a la vida activa le dice: "Marta, Marta, te inquietas y te apuras por muchas cosas". Y unas palabras después dijo, indicando la vida contemplativa: "María ha escogido para sí la mejor parte, que no le será arrebatada". En esta parte, pues, escogida y deseada merezcamos también gozar nosotros, a fin de que en unión de Santiago, cuya votiva festividad celebramos, podamos disfrutar en los reinos celestiales con el auxilio de nuestro Señor Jesucristo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina Dios por los siglos infinitos de los siglos. Amén.

    

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                                                                       01/12/2011

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