Codex Calixtinus : Libro Primero - Capítulo IV (es)

 

                                                                    CAPÍTULO IV

 

                                  COMIENZA EL PRÓLOGO DEL SANTO PAPA CALIXTO

                   A LA PASIÓN MENOR DE SANTIAGO EL DE ZEBEDEO, APÓSTOL DE GALICIA,

                                             QUE SE CELEBRA EL 25 DE JULIO.

 

  Esta pasión menor de Santiago apóstol, hijo de Zebedeo, patrón de Galicia, y la miserable muerte de Herodes, que le fué dada justamente por un ángel en pago de la muerte de aquél, las expongo en este volumen con las mismas letras y palabras con que están escritas en la Historia eclesiástica, a fin de que aquellos que no quieran leer por su extensión la pasión mayor del mismo apóstol, lean ésta, que se tiene por muy autorizada. Pues como un limpio arroyuelo nace de una fuente purísima, así la pasión mayor está sacada de ésta menor. Puros son el arroyuelo y la fuente, puras una y otra pasión. Fuente y arroyo están limpios de impurezas, una y otra pasión están libres de mentiras. Mas como a muchos les agrada más beber agua de la fuente que del arroyo, también a muchos lectores les deleita más leer ésta que la otra.

 

  ACABA EL PRÓLOGO, COMIENZA LA PASIÓN

 

  A Gayo, que por cuatro años y no completos tuvo el principado en Roma, le sucedió el emperador Claudio, bajo el cual un hambre bastante cruel dominó en todo el orbe terráqueo. Y esto mucho antes habían predicho nuestros profetas que así ocurriría.

 

  Según se refiere en los Hechos de los Apóstoles, cierto profeta llamado Agabo había anunciado que bajo el emperador Claudio sobrevendría una gran hambre. Pero San Lucas, que habla de Agabo, añade también que los hermanos que residían en Antioquía enviaron recursos, cada cual según sus medios, a los fieles que habitaban en Jerusalén por Pablo y Bernabé. Y después agrega: "Por aquel tiempo- refiriéndose sin duda al transcurrido bajo Claudio cuando era el hambre - el rey Herodes puso sus manos en maltratar a algunos de la Iglesia, Juan, por la espada". Además acerca de este Santiago escribe San Clemente de Alejandría en el séptimo libro de sus Disposiciones cierta anécdota digna de mención, llegada hasta él por tradición de sus antepasados. Pues dice que aquel que había entregado a Santiago al juez para el martirio, movido a penitencia, confesó que también él era cristiano. Fueron llevados los dos juntos al suplicio -añade- y, cuando marchaban por el camino pidió a Santiago que le perdonase. Este, meditando un momento, le dijo: "La paz sea contigo", y le besó. Y así los dos fueron decapitados juntamente. Pero entonces, como dice la Sagrada Escritura, viendo Herodes que la muerte de Santiago habia sido grata a los judíos, añadió todavía más, y metió a San Pedro en la cárcel, con intención, sin duda, de castigarle también si no le hubiera llegado el auxilio divino. Pues un ángel que vino a su lado por la noche le soltó milagrosamente de los lazos de sus cadenas y le mandó marchar libre al ministerio de la predicación. Y tras de ocurrir esto a San Pedro ya no sufría dilación la venganza del crimen perpetrada por el rey contra los apóstoles, sino que en seguida aparece vengadora la divina diestra, como nos enseña la narración escrita en los Hechos de los Apóstoles. Dice que habiendo bajado Herodes a Cesárea, y cuando en un dia señalado se hallaba sentado en el estrado, vistiendo espléndidas vestiduras reales, y hablaba al pueblo desde arriba y el pueblo le aclamaba diciendo: "Palabras de Dios y no de hombre", al instante le hirió un ángel del Señor, por cuanto no había glorificado a Dios. Y chorreando gusanos expiró. Pero es de admirar la gran concordancia de la Sagrada Escritura con el historiador de aquella nación Pues el propio Josefo, tratando de estos hechos en el libro XIX de sus Antigüedades, los refiere en los términos siguientes: "Había cumplido -dice- el tercer año de su reinado en toda la Judea cuando por acaso llegó a Cesárea la que antes se llamaba Torre de Estratón. Y mientras daba allí espectáculos a los ciudadanos en honor del César por el día dedicado, al parecer, a la salud de éste, y habían acudido de toda la província los hombres destacados por sus honores y riquezas, al comenzar elk segundo día de las fiestas se presentó en el teatro vestido de refulgente vestidura bordada admirablemente en oro y plata. Al recibir los primeros rayos del sol en los pliegues de su argentada veste, reflejando la luz, el curscante fulgor metálico efundía doble resplandor hacia los espetadores, tanto que el asombroso aspecto deslumbraba la vista y con ello la arrogancia artificiosa fingía algo superior a la naturaleza humana. Entonces estallan las ovaciones del vulgo adulador, que gritándole alabanzas le atraían la ruina. De todas partes en las gradas clamorosas le llaman dios, y suplicantes le ruegan que sea propicio, diciendo las gentes: "Hasta ahora te hemos temido como hombre, mas desde hoy confesamos que eres de naturaleza sobrehumana." El rey no reprimió las sacrílegas aclamaciones ni se asustó ante la impiedad de la adulación ilícita, hasta que al mirar atrás un momento vió a un ángel que amenazándole estaba sobre su cabeza, y en seguida sintió que era el ejecutor de su perdición, aunque antes le sabía procurador de su felicidad. Y de repente se apoderó de él el tormento de un increïble dolor e hinchazón de vientre. Y mirando a sus amigos dijo: "Yo, vuestro dios, que me veo ahora mismo expulsado y lanzado de la vida, porque el poder divino quiere demostrar que son falsas las palabras que me acaban de dirigir. A mí, que me llamaban inmortal hace un momento, me arrastra ya la muerte a toda prisa. Pero hay que acatar la sentencia impuesta por Dios, pues he vivido vulgarmente y he llegado a la longevidad que se tiene por feliz." Y dicho esto, sacudido más reciamente por la fuerza del dolor, le llevaron en seguida al palacio. Y habiéndose divulgado que estaba para morir, se reunió una enorme muchedumbre de todas las edades y sexos que suplicaba a Dios todopoderoso por la salud del rey sobre las alfombras del estrado, según costumbre nacional. Todo el palacio real resonaba de llantos y gemidos. Entre tanto el propio rey, acostado en una elevada galería, mirando hacia abajo y viendo a todos inclinados y postrados llorando, tampoco podía contener las lágrimas. Pero atormentado cinco días seguidos por dolores de vientre, se rompió violentamente su vida por haber dado muerte a Santiago. Tenía cincuenta y tres años de edad y estaba en el séptimo de su reinado, pues había reinado cuatro bajo Gayo César, teniendo por tres la tetrarquía de Filipo e incorporado también en el cuarto la de Herodes, y los tres restantes bajo Claudio César". Reinando nuestro Señor Jesucristo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina Dios por los siglos infinitos de los siglos. Amén.

    

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                                                                       01/12/2011

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