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EMPIEZA
EL MARTIRIO DE SAN EUTROPIO, OBISPO DE SAINTES Y
MÁRTIR
El
gloriosísimo mártir de Cristo Etropio, amable obispo
de Saintes, nacido de la raza gentil de los persas,
fue oriundo de la más excelsa prosapia de todo el
mundo; pues lo engendró en lo humano, de la reina
Guiva, el emir de Babilonia llamado Xerses. Nadie
pudo ser más sublime que él en linaje, ni más humilde
en fe y obras después de su conversión. Y habiendo
aprendido en su niñez las letras caldeas y griegas,
como igualase en prudencia y sabiduría a los más
altos personajes de todo el reino, deseando comprobar
si por casualidad habría en áquella alguien más
sabio que él, o alguna cosa extraña, marchó a la
corte del rey Herodes de Galilea.
Oída
la fama de los milagros del Salvador, mientras permanecía
una temporada en aquella corte, le buscó de ciudad
en ciudad, y le encontró cuando marchaba a la orilla
opuesta del mar de Galilea, que es el de Tiberíades,
con innumerables muchedumbres de gentes que le seguían
viendo los milagros que hacía. Entonces, por
disposicion de la divina gracia, aconteció aquel
día que el Salvador, en su inefable largueza, sació
con cinco panes y dos peces a cinco mil hombres,
en presencia de aquél. Visto este milagro y oída
la fama de los demás, creyendo ya el joven Eutropio
un poco en El, y deseando hablarle, no se atrevía,
porque temía la severidad de su pedagogo Nicanor,
a quien su padre, el emir, había confiado su custodia.
Sin embargo, saciado con el pan de la gracia divina,
se dirigió a Jerusalén, y habiendo adorado al Creador
en el templo, según la costumbre gentil, regresó
a la casa de su padre. Y comenzó a narrarle todo
lo que atentamente había visto en la tierra de donde
venía.
"He
visto -dijo- a un hombre llamado Cristo, que en
todo el mundo no puede hallársele semejante. Da
la vida a los muertos, curación a los leprosos,
vista a los ciegos, oído a los sordos, su primitiva
fortaleza a los paralíticos y salud a toda clase
de enfermos. ¿ Que más ? Ante mis ojos sació con
cinco panes y dos peces a cinco mil hombres. Y con
las sobras llenaron sus dicipulos doce cestos. En
donde él está no puede haber lugar para el hambre,
la tempestad ni la muerte. Si el Creador del cielo
y de la tierra se dignase enviarle a nuestro país,
ojalá tu gracia le hiciera el debido honor".
Oyendo,
pues, el emir estas cosas y otras semejantes de
su hijo, atentamente pensaba en silencio cómo podría
ver a aquél. Poco tiempo después, apenas conseguida
licencia del rey, desenado el muchacho ver al Señor
de nuevo, marchó a Jerusalen para adorar en el templo.
Y estaban con él Warradac, general de los ejércitos,
y Nicanor, camarero del rey y preceptor del niño,
y otros muchos nobles que el emir le había dado
para su custodia. Y cierto día, al volver éste del
templo, innumerables turbas se agolpaban de todas
partes a las puertas de Jerusalén para recibir
al Señor, que volvía de Betania, en donde había
resucitado a Lázaro, y viendo a los niños hebreos
y a las multitudes de otros pueblos que salían a
su encuentro extendiendo flores y ramas de palmeros,
olivos y otros árboles por el camino por donde había
de pasar, y gritando "¡Hossanna el hijo de
David !", alegrándose de modo indecible, comenzó
a extender flores afanosamente ante él.
Entonces
supo por algunos que El había resucitado de entre
los muertos a Lázaro, a los cuatro días de fallecido,
y se alegró más aún. Pero porque no podía entonces
ver completamente al Señor, a causa de la excesiva
muchedumbre de gentes que lo rodeaban, comenzó a
entristecerse mucho. Estaba, pues, él entre aquellos
de quienes testifica Juan en su Evangelio, diciendo:
"Había, pues, algunos gentiles entre los que
habían venido para adorar en el día de la fiesta.
Estos se acercaron a Felipe, que era de la ciudad
de Betsaida, y le dijeron: Señor, queremos ver a
Jesús".. Y Felipe, en compañia de Andrés, lo
comunicó al Señor y en seguida San Eutropio, en
unión de sus compañeros, lo vió abiertamente y con
gran alegría comenzó a creer en El ocultamente.
Por último se le unió del todo, pero temía la opinion
de sus compañeros, a quienes su padre había encargado
sobre todo que lo custodiasen mucho y le devolviesen
a su lado. Entonces supo por algunos que los judíos
iban a matar al Salvador dentro de poco; no queriendo
ver la muerte de tan gran hombre, salió de Jerusalén
al día siguiente. Y habiendo regresado al lado de
su padre contó cuidadosamente a todos en su patria
cuanto del Salvador había visto en tierras de Jerusalén.
Luego
tras una corta estancia en Babilonia, deseando adherirse
del todo al Salvador y creyéndole todavía vivo corporalmente,
volvió de nuevo a Jerusalén, a los cuarenta y cinco
días, sin saberlo su padre, con un escudero. Cunado
oyó que el Señor al que ocultamente amaba había
sido crucificado y muerto por los judíos, mucho
se dolió. Y al saber que había resucitado de entre
los muertos, que se había aparecido a sus discípulos
y que triunfalmente había ascendido a los cielos,
comenzó a algrarse mucho. Por último, unido a los
discipulos del Señor el día de Pentecostés, diligentemente
supo de ellos cómo el Espíritu Santo había descendido
sobre ellos con lenguas de fuego, había colmado
sus corazones y les había enseñado toda classe de
lenguas; y lleno del Espíritu Santo volvió a Babilonia
y mató, ardiendo en celo del amor de Cristo, a los
judíos que encontró en su patria, por aquellos que
en Jerusalén habían condenado a muerte al Señor.
Y
pasado un corto tiempo, al marchar los discípulos
del Señor hacia las diversas regiones de la tierra,
dos áureos candelabros radiantes de fe por disposición
de la divina gracia, a saber, los apóstoles del
Señor Simón y Tadeo, se dirigieron a Persia. Y cuando
estuvieron en Babilonia, tras arrojar de aquellas
tierras a unos magos, Zaroen y Arfaxat, que apartaban
a las gentes de la fe con palabras y milagros vanos,
los apóstoles distribuyendo a todos las semillas
de la vida eterna, comenzaron a brillar con toda
suerte de milagros. Entonces el santo niño Eutropio,
alegrándose de su llegada, aconsejaba al rey que,
abandonando el error de los ídolos gentiles, abrazase
la fe cristiana, por la que merecería alcanzar el
reino de los cielos. ¿ A qué más ? En sguida, con
la predicación apostólica, el rey y su hijo con
grandísimo número de ciudadanos de Babilonia son
regenerados con la gracia del bautismo por las manos
de los mismos apóstoles. Por último, convertida
a la fe del Señor toda la ciudad, los apóstoles
constituyeron la iglesia con toda su jerarquías
y Abdías, fidelísimo varón imbuído de la doctrina
evangélica, a quien habían traído consigo de Jerusalén,
le ordenador obispo del pueblo cristiano y a Eutropio
archidiácono, y marcharon a predicar la palabra
de Dios en otras ciudades. Y como no muchos días
después hubiesen consumado en otra parte su vida
presente por medio del triunfo del martirio, san
Eutropio escribió en caldeo y en griego su pasión
y habiendo oído la fama de los milagros y prodigios
de san Pedro, príncipe de los apóstoles, que por
entonces cumplía en roma los deberes del apostolado,
renunaciando por completo al mundo y recibida autorización
de su obispo, aunque sin saberlo su padre, marchó
a Roma. Y como hubiera sido amablemente recibido
por san Pedro, instruído por él en los preceptos
del Señor habiendo pasado a su lado algún tiempo,
por orden y consejo suyos se dirigió predicando
con otros hermanos a tierras de la Galia.
Y
al llegar a la ciudad llamada Saintes la vió muy
bien rodeada de antiguas murallas, ornada con altas
torres, situada en un lugar muy bueno, proporcionada
en amplitud y extensión, abundante en toda suerte
de riquezas y provisiones, colmada de hermosos prados
y de claras fuentes; guarnecida por un gran río,
rodeada de úberrimos huertos, pomares y viñedos;
envuelta en saludable atmósfera, agradable por sus
plazas y calles y en muchos aspectos hermosa; y
el celoso varón empezó a pensar que Dios se dignaría
hacer que se convirtiese del error de los gentiles
y del culto de los ídolos y que se sometiese a la
ley de Cristo esta ciudad bellísima e insigne. Así,
pues, andando por sus plazas y calles predicaba
constantemente la palabra de Dios, Apenas se dieron
cuenta los ciudadanos de que aquel hombre era extranjero
y le oyeron hablar de la santísima Trinidad y del
bautismo, palabras antes desconocidas para ellos,
indignados le arrojaron fuera de la ciudad, tras
quemarle con teas y azotarle con varas grandísimas.
Pero él, soportando pacientemente esta persecución,
se construyó en un monte junto a la ciudad una cabaña
de madera, en la que moró mucho tiempo. Durante
el día predicaba en la ciudad, y por la noche rezaba
en aquella cabaña.
Y
como en mucho tiempo sólo hubiese podido convertir
al cristianismo con su predicación a muy pocos,
recordó el mandato del Señor: "Si algunos no
os recibieren o no escucharen vuestras palabras,
saliendo de aquella casa o de aquella ciudad, sacudid
el polvo de vuestros pies". Entonces volvió
de nuevo a Roma en donde, crucificado ya san Pedro,
se le ordenó por san Clemente, que ya era papa,
que regresase a la citada ciudad y, predicando las
enseñanzas del Señor, aguardase en ella la corona
del martirio. Por último, recibido el orden episcopal
del mismo papa junto con san Dionisio, que desde
Grecia había ido a Roma, y con los demás hermanos
que el mismo san Clemente enviaba a predicar a la
Galia, llegó a Auxerre. Allí despidiendose con abrazos
de divino amor y lacrimosos saludos, marchó san
Dionisio con sus compañeros a la ciudad de París,
y san Eutropio, volviendo a Saintes completamente
animado a sufrir el martirio y lleno de cristiano
celo, se fortaleció a sí mismo diciendo: "El
señor es mi ayuda, no temeré lo que me haga el hombre".
Si mis perseguidores matan mi cuerpo no pueden matar
mi alma. "Piel por piel ! Cuanto el hombre
tiene lo dará gustoso por su vida".
Entonces,
entrando constantemnente en la ciudad, predicaba
como un loco la fe del señor, instando, a tiempo
o destiempo y enseñando a todos la Encarnación de
Cristo, su Pasión, Resurrección y Ascensión, y lo
demás que se dignó a sufrir por la salvación del
género humano, y decía claramente a todos que nadie
podía entrar en el reino de Dios sino quien hubiera
renacido por el agua y el Espíritu Santo. Y por
las noches se albergaba en la citada cabaña, como
anteriormente. Así, pues, con su predicación y con
el advenimiento inmediato de la divina gracia, fueron
bautizados por él muchos gentiles en aquella ciudad
y entre ellos se regeneró con las aguas bautismales
una hija del rey de la misma, llamada Eustella.
Y al saberlo su padre, abominó de ella y la arrojó
de la ciudad. Pero ella, viendo que había sido expulsada
por amor de Cristo, se puso a vivir junto a la cabaña
del santo varón. Sin embargo, su padre, entristecidopor
amor de su hija, le envió frecuentes mensajeros
para que volviese a casa. Pero ella respondió que
prefería vivir fuera de la ciudad por amor de Cristo
que volver a ella y contaminarse con la idolatría.
Y su mismo padre llevado de ira, habiendo reunido
a los verdugos de toda la ciudad, a saber, ciento
cincuenta, les mandó que matasen a san Eutropio
y que a la muchacha la llevasen consigo a la casa
paterna. Aquellos, pues, el 30 de abril, en compañia
de muchísimos gentiles, fueron a la citada cabaña,
y primero lapidaron al muy santo varon de Dios,
después le azotaron desnudo con palos y correas
con plomos, por último, con segures y hachas le
mataron cortándole la cabeza. La referida muchacha,
pues, en unión de algunos cristianos lo enterró
por la noche en su cabaña y, mientras vivió, no
dejó de venerarle con vigílias, luminarias y santas
exequias. Y al partir de este mundo con santa muerte,
mandó que se le enterrase en un campo libre suyo
junto al sepulcro del maestro. Luego, más tarde,
sobre el santísimo cuerpo de san Eutropio levantaron
los cristianos en su honor y bajo la advocación
de la santísima e individua Trinidad una grande
iglesia de admirable traza, en la que muchas veces
se curan los enfermos de toda clase de enfermedades,
se yerguen los paralíticos, los ciegos recobran
la vista y los sordos el oído, los endemoniados
quedan libres, y se presta una salvadora ayuda a
todos los que de corazón la pidieren; y están colgadas
allí las cadenas de hierro, las argollas, y los
otros varios instrumentos de hierro, de los que
san Eutropio libró a los atados con ellos. Que él
mismo, pues, con sus dignos méritos y preces ante
Dios nos consiga el perdón, borre nuestros vicios,
avive en nosotros las virtudes, dirija nuestra vida,
en el peligro de la muerte nos arranque de las bocas
del infierno, en el juicio final nos aplaque la
tremenda ira del eterno Juez, y nos lleve al alto
reino de los cielos: con la gracia de nuestro Señor
Jesucristo que con el Padre y el Espíritu Santo
vive y reina Dios por los infinitos siglos de los
siglos. Amén.
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