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CAPÍTULO
XXVI
EMPIEZA
LA EPÍSTOLA DEL SANTO PAPA CALIXTO
ACERCA
DE LA CRUZADA DE ESPAÑA,
QUE
POR TODOS HA DE SER DIFUNDIDA EN TODAS PARTES
Calixto,
obispo, siervo de los siervos de Dios, a los obispos,
sus queridos hermanos de Cristo, y a las demás personas
de la santa iglesia, y a todos los cristianos tanto
presentes como futuros, universalmente saluda y
da la bendición apostólica.
Habeís
oído con frequencia, oh carísimos, cuántos males,
calamidades y angustias han solido producir los
sarracenos en España a nustros hermanos cristianos.
No hay nadie que pueda contar cuántas iglesias,
castillos y tierras devastaron, y cuántos cristianos,
monjes, clérigos o legos, mataron, o vendieron como
esclavos en bárbaras y lejanas tierras, o bien los
tuvieron aherrojados con cadenas o los angustiaron
con varios tormentos. No puede decirse con palabras
cuántos cuerpos de santos mártires, es decir, de
obispos, abades, sacerdotes y demás cristianos yacen
enterrados junto a la ciudad de Huesca y en el Campo
Laudable, en el de Litera y en otros territorios
limítrofes de cristianos y sarracenos, en donde
hubo guerras. Yacen a millares. Por esto os suplico,
hijos mios, que entienda vuestra caridad cuánta
importancia tiene el ir a España a pelear con los
sarracenos y con cuántas gracias serán remunerados
los que voluntariamente allá fueren. Pues ya es
sabido que Carlomagno, rey de los galos, el más
famoso sobre todos los demás reyes, estableció la
cruzada en España, combatiendo con innumerables
trabajos a los pueblos infieles, y que su compañero
el bienaventurado Turpín, arzobispo de Reims, según
se cuenta en su gesta, robustecido con la autoridad
de Dios, en un concilio de todos los obispos de
toda la Galia y Lorena reunidos en Reims, ciudad
de los galos, concedió indulgencia plenaria a todos
los que entonces fueron y a los que en lo sucesivo
vayan a combatir en España al pueblo infiel, a aumentar
la cristiandad, liberar a los cautivos cristianos,
y a sufrir allí el martirio por amor de Dios. Todos
los varones apostólicos que, después, hasta nuestro
tiempo hubo, corroboraron esto mismo y es testigo
el santo papa Urbano, ilustre varón, que en el concilio
de Clermont en la Galia, con asistencia de cien
obispos, aseguró esto mismo, cuando dispuso la cruzada
de Jerusalén, según consta el códice de la historia
jerosolimitana. Esto mismo también Nos corroboramos
y confirmamos: que todos los que marchen como arriba
dijimos, con el signo de la cruz del Señor en los
hombros, a combatir al pueblo infiel en España o
Tierra Santa, sean absueltos de todos sus pecados
de que se hayan arrepentido y confesado a sus sacerdotes,
y sean bendecidos por parte de Dios y de los santos
apóstoles San Pedro, San Pablo y Santiago, y de
todos los santos, y con nuestra apostólica bendición
y que se merezcan ser coronados en el reino celestial,
junto con los santos mártires que desde el principio
de la cristiandad hasta el fin de los siglos recibieron
o han de recibir la palma del martirio. Nunca hubo
en verdad en otro tiempo tanta necesidad de ir allá,
como en la actualidad. Por lo cual encarecida y
universalmente mandamos que todos los obispos y
prelados en sus sínodos y concilios y en las solemnidades
de las iglesias no dejen de anunciar principalmente,
y sobre los demás mandatos apostólicos, esto; exhortado
también a sus presbíteros a que en las iglesias
lo comuniquen a sus feligreses. Y si hacen esto
gustosamente sean remunerados en el cielo con igual
recompensa que los que van allá. Y quienquiera que
esta epístola llevare transcrita de uno a otro lugar
o de una iglesia a otra y la predicare a todos públicamente
sea recompensado con la gloria eterna. Así pues,
los que aquí anuncien esto y los que marchen allá,
hayan paz continua, honra y alegría, la victoria
de los combatientes, fortaleza, larga vida, salud
y gloria. Lo cual se digne conceder Nuestro Señor
Jesucristo, cuyo reino e imperio permanece sin fin
por los siglos de los siglos. Amén. Hágase. Hágase.
Hágase.
Dada
en Letrán, Alégrate, Jerusalén, reunidos cien obispos
en concilio.
Leasé
y expóngase por lo menos esta epístola a la atención
de los fieles después del Evangelio durante todos
y cada uno de los domingos desde Pascua hasta la
fecha de San Juan Bautista.
Tienda
clementemente la mano de su gran misericordia al
copista y al lector de este códice Nuestro Señor
Jesucristo, quien con el Padre y el Espíritu Santo
vive y reina, Dios por los infinitos siglos de los
siglos. Amén.
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