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[MUERTE
DEL REY CARLOS]
Después
de un corto tiempo me fué dada a conocer la muerte
del rey Carlomagno de esta manera. Estando en Viena
cierto día, arrebatado y extasiado con mis preces
ante el altar de la iglesia, al cantar el salmo
"Dios, ven en mi ayuda", me di cuenta
de que ante mí pasaban y se dirigían hacia Lorena
innumerables ejércitos de negros soldados. Y cuando
todos ellos habían pasado adelante me fijé en uno
que parecía un etíope y seguía a los demás a paso
lento, un poco rezagado, y le dije:
-
¿A donde vais?
-
A Aquisgrán - respondió - nos dirigimos, a la muerte
de Carlomagno, cuya alma deseamos precipitar en
el infierno.
Y
al punto le dije:
-
Te conjuro en nombre de Nuestro Señor Jesucristo
a que no te niegues a volver a mí al terminar tu
viaje.
Luego
al poco tiempo, apenas acabado el salmo, comenzaron
a pasar de vuelta ante mi altar en el mismo orden.
Y dije al último, a quién primeramente había hablado:
-
Qué habéis hecho?
Y
contestó el demonio:
-
Un gallego descabezado echó en la balanza tantas
y tantas piedras e innumerables vigas de sus basílicas,
que las buenas obras pesaron más que los pecados.
Y así nos arrebató el alma y la entregó en manos
del sumo Rey.
Y
dicho esto, desapareció el demonio. Y así comprendí
que aquel mismo Carlomagno había abandonado este
mundo y que, con la protección de Santiago, de quien
muchas iglesias había construído, había llevado
con razón a los reinos celestiales. Pues yo había
conseguido de él anteriormente, es decir, el día
en que nos separamos en Viena, que a ser posible
me enviasen la noticia de su muerte si le sobrevenía
a él antes de mi fallecimiento. Igualmente había
conseguido él de mí que le comunicase la mía. Por
lo cual, estando aquejado por la enfermedad y acordándose
de tan importante promesa, ordenó a un cierto caballero
servidor suyo antes de morir, que cuando viere su
muerte, me la comunicase en seguida.
Pero
¿qué más? Quince días después de su muerte supe
por el mismo mensajero que desde el momento en que
regresó de España hasta el día de su fallecimiento
había estado constantemente enfermo y que en sufragio
de los ya citados difuntos el día mimso en que habían
recibido el martirio por amor de Dios, a saber,
el 16 de junio, había solido dar todos los años
de su vida a los pobres doce mil onzas de plata
y otros tantos talentos de oro, e igualmente ropas
y alimentos, y que había hecho cantar otros tantos
salterios y misas y vísperas; y que había abandonado
esta vida el mismo día y hora en que tuve yo la
visión, es decir, el 28 de enero del año de la encarnación
del Señor 814; y supe que había sido enterrado con
toda pompa en Aquisgrán en tierras de Lieja, en
la iglesia rotonda de la Virgen Santa María, que
él mismo había construído; y oí decir que en los
tres años antes de su muerte se habían producido
estas señales: Sucedió, pues, que el sol y la luna
se oscurecieron durante siete días antes de su muerte.
Que su nombre, a saber, KAROLUS PRINCEPS, que estaba
escrito dentro en la pared de la citada iglesia,
casi se borró del todo por sí mismo. El pórtico
que había entre la iglesia y el palacio se derrumbó
por completo y espontaneamente el día de la Ascensión
del Señor. El puente de madera que afanosamente
había construido en Maguncia sobre las aguas del
Rhin en siete años, fué totalmente devorado por
un incendio. Y cierto día, mientras él marchaba
de un lugar a otro, he aquí que de pronto oscureció
y que la llama de una gran hoguera pasó velozmente
ante sus ojos de derecha a izquierda, por lo que
muy asustado y atónito cayó del caballo por un lado
y la azcona que llevaba en la mano por el otro.
En seguida le socorrieron sus acompañantes y lo
levantaron del suelo con sus manos. Así, pues, creo
que ahora participa de la corona de los antedichos
mártires, cuyos trabajos sabemos que compartió con
ellos.
En
este ejemplo se da a entender que quien una iglesia
construye se gana el reino de Dios, es arrancado,
como Carlomagno, a los demonios y colocado en el
reino celestial por intercesión de los santos cuyas
iglesias levantó.
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