Codex Calixtinus : Libro Cuarto - Capítulo XXI.2 (es)

 

                                              [MUERTE DE ROLDÁN Y DE MARSILIO

                                                     Y HUÍDA DE BELIGANDO]

 

  Así, pues, como terminado el combate volviese Roldán solo hacia los paganos a fin de explorar, y estuviese todavía lejos de ellos, encontró a un sarraceno negro, herido de la batalla, escondido en el bosque, y tras cogerlo vivo lo dejó fuertemente atado con cuatro cuerdas a un árbol. Entonces subió a un monte y los observó y vió que eran muchos, y volvió atrás por el camino de Roncesvalles por donde iban los que deseaban atravesar el puerto. Entonces tocó su trompa de marfil, a cuyo toque se le reunieron unos cien cristianos, con los que regresó a través de los bosques hacia los sarracenos hasta el que había dejado atado, y prontamente le desató de sus ligaduras y levantó la espada desnuda sobre su cabeza diciendo: Si vienes conmigo y me señalas a Marsilio, te dejaré marchar vivo; si no, te mataré. Pues aún no conocía Roldán a Marsilio. En seguida marchó el sarraceno con él y le mostró entre los ejércitos sarracenos, de lejos, a Marsilio con su caballo alazán y su escudo redondo. Entonces Roldán lo soltó y animado al combate, recobradas las fuerzas con la ayuda de Dios, con los que tenía consigo se lanzó de pronto sobre los sarracenos y vió entre ellos uno que era de mayor estatura que los otros, y de un solo tajo con su propia espada le partió por la mitad a él y a su caballo de arriba a abajo, de forma que una parte del sarraceno y de su caballo cayó a la derechza y la otra a la izquierda. Y cuando los sarracenos vieron esto, abandonando a Marsilio con unos pocos en el campo de batalla, comenzaron a huir por todas partes. En seguida Roldán, confiando en el poder divino, se adentró entre las filas de sarracenos, derribandolos a derecha e izquierda, y alcanzó a Marsilio que huía, y con la poderosa ayuda de Dios lo mató entre otros. En aquella ocasión murieron en el mismo combate los cien compañeros de Rolando que habían llevado consigo, y el mismo Roldán resultó herido de cuatro lanzadas y gravemente golpeado a pedradas; apenas Beligando supo la muerte de Marsilio abandonó con los sarracenos aquellos parajes. Tedrico, pues, Balduino y algunos otros cristianos, se escondían como ya dijimos, dispersos y aterrorizados por todo el bosque, otros en cambio atravesaban los puertos. Pero Carlomagno con sus ejércitos ya habían traspasado las cumbres de los montes e ignoraba lo acaecido a su espalda.

 

  Entonces Roldán, fatigado por tan gran batalla, lamentando la muerte de los cristianos y de tantos héroes, angustiado por las grandes heridas y golpes recibidos por él de los sarracenos, llegó solo a través del bosque hasta el pie del puerto de Cize y allí bajo un árbol y junto a un peñasco de mármol que se alzaba en un ameno prado sobre Roncesvalles, descendió del caballo. Todavía tenía consigo una espada suya de hermosísima factura, corte fortísimo, inflexible resistencia y resplandeciente con su intenso brillo, que se llamaba Durandarte. Este nombre se interpreta como "con ella da golpes duros", o bien como "duramente golpea con ella al sarraceno", pues no puede romperse de ningún modo. Antes fallará el brazo que la espada. Y habiéndola desenvainado y teniéndola en la mano, exclamó con voz empañada por las lágrimas, mientras la miraba :

 

- ¡ Oh ! hermosísima espada, de brillo nunca oscurecido, de armónicas proporciones y fortaleza inquebrantable, de blanquísimo puño de marfil, espléndida cruz de oro y dorada superficie; adornada con un pomo de berilo y esculpida con la entrañable leyenda del  A y la  Omega, emblema del inmenso nombre de Dios; de bien probada punta y aureolada con la virtud divina ¿Quién usará en adelante de tu fortaleza ? ¿ Quién te poseerá luego ? ¿ Quien te tendrá y será tu dueño ? Quien te posea no será vencido, no quedará atónito ni se mostrará timorato por miedo a los enemigos, no se atemorizará por ninguna fantasía, sino que confiará siempre en la protección de Dios, y se verá asistido por el auxilio divino. Tú destruyes a los sarracenos, matas al pueblo infiel, enalteces la religión cristiana y procuras la alabanza de Dios y la gloria y fama de todos. ¡ Oh ! Cuántas veces con tu ayuda defendí el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, cuántas veces maté enemigos de Cristo, cuántos sarracenos acuchillé y cuántos judios y demás infieles destruí para exaltar la fe cristiana. Tú cumples la justicia de Dios y arrancas del cuerpo el pie y la mano acostumbrados al robo. Cuantas con tu ayuda arranqué la vida a un pérfido judío o a un sarraceno, otras tantas pienso haber vengado la sangre de Cristo. ¡ Oh ! espada felicísima, de rapida estocada, que no tuvo nunca par ni lo tendrá en lo futuro. Quién te fabricó, ni antes ni luego hizo otra semejante. Nunca jamás pudo sobrevivir quién resultó algo herido por ti. Mucho me duele si fueses a parar a manos de un cobarde o apocado, y mucho más que te tocase algún infiel o sarraceno. Y tras estas palabras, por temor de que cayese en manos de los sarracenos, dió tres golpes con ella al peñón de mármol con la intención de destruirla. Peró ¿Qué más? En dos trozos, de arriba a abajo, se partió la roca y la espada de doble filo quedó intacta.

    

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                                                                       01/12/2011

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