Codex Calixtinus : Libro Cuarto - Capítulo XXI.1 (es)

 

                                                               CAPÍTULO XXI

 

  Después que el famosísimo emperador Carlomagno conquistó en aquellos días toda España para gloria del Señor y de su apóstol Santiago, de regreso de España, se detuvo con sus ejércitos en Pamplona. Y vivían entonces en Zaragoza dos reyes sarracenos, a sabaer: Marsilio y su hermano Beligando, enviados a España desde Persia por el emir de Babilonia, los cuales estaban sometidos al imperio de Carlomagno y le servían gustosamente en todo, pero con lealtad fingida. Y Carlomagno les ordenó por medio de Ganelón que recibiesen el bautismo o que le enviasen un tributo. Entonces le mandaron treinta caballos cargados de oro y plata y de tesoros españoles, y cuarenta caballos cargados de vino dulcísimo y puro para beber sus caballeros, y mil hermosas sarracenas para su deleite. A Ganelón, empero, le ofrecieron fraudulentamente veinte caballos cargados de oro, plata y telas preciosas para que pusiera en sus manos a los caballeros a fin de matarlos. Y él se avino y recibió aquel dinero. Así pues, acordado entre ellos el malvado pacto de traición, volvió Ganelón al lado de Carlomagno y le dió los tesoros que los reyes le habían enviado, diciendo que Marsilio quería hacerse cristiano y preparaba su viaje para ir a la Galia al lado de Carlomagno, y que allí recibiría el bautismo y en adelante gobernaría toda la tierra de España en su nombre.

 

  Los más nobles caballeros, solamente el vino le aceptaron, mas de ninguna manera las mujeres: pero se las tomaron los inferiores. Entonces Carlomagno, dando crédito a las palabras de Ganelón, determinó atravesar los puertos de Cize y volver a la Galia. Luego, por consejo de Ganelón, mandó a sus preferidos, su sobrino Roldán, conde de Le Mans y de Blaye, y a Oliveros, conde de Gennes, que con los más nobles caballeros y veinte mil cristianos formasen la retarguardia en Roncesvalles, mientras el mismo Carlomagno atravesaba con los otros ejércitos los puertos nombrados. Y de este modo se hizo. Pero porque en las noches precedentes, ebrios algunos con el vino sarraceno, fornicaron con las mujeres paganas y también con las cristianas que muchos se habían traído consigo de la Galia, se acarrearon la muerte. ¿ Pues qué más ? Mientras Carlomagno con veinte mil cristianos y Ganelón y Turpín atravesaban los puertos, y los antes dichos formaban la retaguardia, Marsilio y Beligando, con cincuenta mil sarracenos, salieron al amanecer de los bosques y collados, donde por consejo de Ganelón habían estado escondidos durante dos días y otras tantas noches, y dividieron sus fuerzas en dos partes: una de veinte mil y otra de treinta mil. La de veinte mil comenzó primero a atacar de pronto a los nuestros por la espalda. En seguida los nuestros se volvieron contra ellos, combatiéndolos desde la madrugada hasta las nueve; todos cayeron. Ni tan sólo uno de los veinte mil escapó. Inmediatamente los otros treinta mil atacaron a los nuestros fatigados y rendidos por tan gran batalla, y los mataron a todos desde el primero al útlimo. Ni uno tan sólo de los veinte mil cristianos se salvó. Unos fueron atravesados con lanzas, otros degollados con espadas, éstos partidos con hachas, aquéllos acribillados con saetas y venablos, unos sucumbieron a garrotazos, otros fueron desollados vivos con cuchillos, otros quemados al fuego y otros, en fin, colgados de los árboles. Allí murieron todos los caballeros excepto Roldán, Balduino, Turpín, Tedrico y Ganelón. Balduino y Tedrico, dispersos por los montes, se escondieron primero y huyeron más tarde. Entonces los sarracenos retrocedieron una legua.

 

  Podria preguntarse ahora por qué permitió el Señor que los que no habían fornicado con las mujeres encontraran la muerte con los que se embriagaron y fornicaron. En verdad, permitió el Señor que encontrasen las muerte los que no se embriagaron ni fornicaron, porque no quiso que volviesen más a su patria para que por acaso no incurriesen en algunos pecados. Ya que quiso otorgarles por sus trabajos la corons del reino celestial mediante su muerte. Los que habían fornicado permitió que encontraran la muerte, porque quiso borrar sus pecados mediante su muerte en combate. Y no debe decirse que Dios clementísimo no remunerase los pasados trabajos de quellos que en su última hora invocaron su nombre confesando sus pecados. Aunque fornicaron, murieron sin embargo por el nombre de Cristo. No se permite, pues, más a los que van a combatir que lleven sus esposas u otras mujeres. Pues algunos príncipes terrenos, como Darío y Antonio marcharon al combate antiguamente en compañía de sus mujeres y ambos murieron en él, Darío vencido por Alejandro, Antonio por Octaviano Augusto. Por lo cual a nadie se permite llevar mujer al ejército porque es un estorbo para el alma y para el cuerpo. Los que se emborracharon y fornicaron representan a los sacerdotes y varones religiosos que luchan contra los vicios, a los que no está permitido embriagarse y de ninguna manera cohabitar con mujeres. Porque si lo hacen habitualmente, caídos quizá también en otros vicios, serán desgraciadamente muertos por sus enemigos, es decir, por los demonios, y llevados al infierno.

    

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                                                                       01/12/2011

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