Leyenda : Eunate  

 

                       Leyendas del Camino : "Eunate. Piedra de Luna y Espejo de Agua".

 

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  Cuentan los más viejos del lugar, según oyeron narrar a sus abuelos, cómo ciertos monjes ignorados - que unos dicen ser templarios y otros simples monjes -, mientras construían su convento de Eunate, en la vieja Navarra, hubieron de parar las obras porque el abad ordenó al Magister constructor, que era de su Orden, acudir a otro monasterio para cierta reparación urgente.

 

  Maldita la gracia que hizo a todos, especialmente al cantero, ya que aquel había iniciado los trabajos, de una portada, que pretendía fuese su obra maestra. Aunque, como le debía obediencia al superior, dejó el trabajo apenas iniciado y marchó a donde se le reclamaba.

 

  Pasó el tiempo y el templo de Eunate seguía inacabado, mas como el hermano constructor no regresaba, buscaron alguien capaz de finalizar la obra. En un monte cercano, vivía un viejo gigante, de aquella antigua raza de los jentilak, expertos en el trabajo de la piedra. Y aunque estaba ya retirado, aceptó el encargo por no enemistarse con los monjes.

  

  El viejo cantero jentilak, en menos tiempo del que se tarda en contarlo, acarreó piedras con un saco a sus espaldas, talló los sillares, los colocó en su lugar, y dio forma a las preciosas figuras de la inconclusa portada nordeste, dejándola hecha un primor.

 

  Pero he aquí, que al poco regresó el monje constructor, cuya ausencia se había debido a una larga enfermedad. Éste, al ver que un intruso había puesto la mano sobre su obra, acabándola, protestó airadamente ante el abad, y ante cuantos quisieron oír sus quejas. Tanto alboroto armó, que el superior, en parte por congraciarse con él, y en parte por castigar su soberbia, propuso al artesano realizar otra puerta similar, que daría al claustro del monasterio. Eso sí, con la condición de que había de ser, cuanto menos, tan preciosa como la creada por el viejo jentilak, porque, en caso contrario, castigarían su pecado de vanidad con la expulsión del convento.

 

  El maestro cantero, comprendió que se había metido en un callejón sin salida, pues se consideraba incapaz de superar, ni tan siquiera igualar, el trabajo del anciano gigante. Tan desesperado andaba, que recurrió a una lamiñak, mujer sabia -hechicera o bruja, dicen otros-, que vivía junto a la cercana fuente Nequea. No sabemos como la convenció, pero ella se avino a prestarle ayuda, aconsejándole de esta guisa:

 

  Amontona cuanta piedra necesites, para tu obra, frente a la portada que hizo el jentilak. Luego ve a la fuente Nequea, pues allí vive cierta serpiente que guarda en su boca una "piedra de Luna", la cual sólo descuida cuando entra en el agua, pues la deja sobre la hierba mientras se baña. Róbasela y, en la próxima noche de san Juan, llena un cuenco de oro con agua de la fuente, pon dentro la piedra, y colócate ante la portada que talló el gigante. Espera entonces a que salga la Luna, ilumine la portada y ésta se refleje en el agua del cuenco. Repite entonces estas palabras "Argizai amandre santue - Luna abuela santa -. Por el poder de todas las lamiñaku, de tu piedra y de su agua, crezca una hermosa puerta de piedra". Tan sólo, ten cuidado de no agitar el agua del cuenco y obtendrás tu deseo. Luego no olvides traerme la "piedra de Luna", pues no exijo otro pago por mi consejo.

 

  El Magister constructor, siguió punto por punto las indicaciones de aquella lamiñak. Cuando llegó la noche del día propicio, se situó en el lugar adecuado, tomó el cuenco con agua, sumergió allí la piedra de Luna, y cuando Argizai, la Madre Luna, iluminó la portada, recitó el conjuro. Entonces, la imagen pétrea reflejada en el agua del cuenco por la luz de la Luna, se proyectó sobre las piedras amontonadas enfrente como si de un espejo se tratase. Así, las figuras de la primera portada quedaron grabadas en los sillares de la segunda, cual si la hubiesen tallado hábiles canteros, pero lógicamente invertida respecto a la original, por el efecto espejo causado por el agua.

 

  Sólo tenía un fallo, no era exáctamente idéntica, porque en el momento crucial del conjuro, el relente de la noche hizo temblar al monje constructor, se agitó de forma imperceptible el agua del cuenco, y ello provocó las diferencias que hoy apreciamos.

 

  Cuando a la mañana siguiente, el Magister mostró su trabajo al abad y compañeros, reconocieron todos que su obra no desmerecía en nada de la ejecutada por el jentilak. Y alabaron al cabo tanta astucia, pasando por alto su vanidosa arrogancia, pues, arrepentido de su actitud inicial, les confesó los métodos de que se había valido para ejecutar la obra.

 

  Pero, al poco, el viejo jentilak se enteró de la jugarreta del constructor, y preso del más fiero enojo se dirigió al monasterio, donde, sin respetar a rey ni a roque, arrancó la portada espejo de un manotazo, mandándola por los aires hasta dos leguas de distancia, yendo a caer sobre la aldea de Olcoz. Y si no causó una desgracia, fue porque en el tímpano tenía una rueda o sello mágico - que algunos llaman crismón -, mandado tallar por el abad, para santificar una obra que había sido fruto de prácticas mágicas. Los aldeanos de Olcoz, aprovecharon aquella portada, caída del cielo, para edificar a su alrededor el templo del pueblo.

 

  Todavía hoy, a pesar del deterioro sufrido por la piedra, es posible descubrir en ambas portadas los personajes que participaron en esta leyenda. Entre las once figuras de Olcoz y las trece de Eunate, encontramos, presididas por el rostro de Argizai, la Madre Luna, al jentilak con su saco de piedras al hombro, al Magister constructor con el plano de la portada en sus manos, a la mujer sabia, lamiñak, con una serpiente bebiendo en un cuenco, e incluso podemos reconocer al abad de aquellos monjes -o Maestre de los templarios, según otros-, con el manto sujeto por una curiosa fíbula.

 

  Aunque los académicos, Argizai perdone su incredulidad, se empeñen en afirmar que todo ello son cuentos de viejas, sin valor ni interés alguno.  

 

  Nosotros, no sabemos si eso es lo que sucedió, porque hace muchos siglos que ocurrió todo, pero así nos lo han contado y así lo repetimos. Como se lo repitieron, unos a otros, los peregrinos que hacían este Camino por fervor al santo Jacques, patrón de canteros y constructores, devoto de amandre Argizai, viejo compadre de gigantes jentilak, y antiguo amigo de las lamiñaku. Todos los cuales, abrieron para él este Camino de las Estrellas, esta ruta del Finis terrae mundi...

 

  Todavía hoy, en noches despejadas y con plenilunio, Argizai amandre santua, se eleva protectora sobre el valle en que desconocidos monjes -que unos dicen ser templarios, y otros simples monjes-, alzaron el enigmático templo de Eunate, para deleite de nuestro espíritu e intelecto.

 

  Salud y fraternidad.

 

                                

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                                                                       23/01/2013

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